SEGUNDO PASO: Los trabajos de Florencio Acurio. (40 - 63)

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40 - En el Instituto

El despacho del IES San Estanislao era minúsculo, de una austeridad oscura y antigua, frío, casi en blanco y negro, como el Taco Calendario del Corazón de Jesús que reposaba sobre la mesa, y en el que se podía leer SEPTIEMBRE, 18, Viernes.



Florencio Acurio -locutor de radio amateur, músico aficionado y a veces callejero- recién levantado y exhibiendo una mezcla de sorpresa e incredulidad en el rostro, se sentó frente al señor Director, don Braulio Pavía, sobre cuya cabeza un enorme crucifijo parecía llenarlo todo.
El señor Director, un hombre viejo, oscuro y antiguo también, casi también en blanco y negro, lo observó de forma inquisidora durante unos treinta segundos en los que se hubiera podido cortar el aire estancado y rancio de la dependencia.
Al cabo comenzó a hablar con voz estentórea de horarios, de programaciones, de finalidades, de objetivos, de resultados, de actividades, de responsabilidades, de vocaciones...
La contundencia con que aquella voz fue emitiendo las palabras convenció a Florencio Acurio de que todo aquello estaba sucediendo realmente. No se trataba de una más de las tantas ensoñaciones y puestas en escena en que le había sumergido su imaginación, de forma reiterada, durante los dos años y medio que andaba existiendo en el limbo previo a la vida laboral docente, desde que finiquitó la carrera de Filología Hispánica.
El tono entre sacerdotal y administrativo del discurso de enfrente resultaba lo suficientemente verosímil como para suministrarle la dosis de nerviosismo y sobresalto adecuados, y persuadirlo de que esta vez la cosa iba en serio.
Por otra parte, lo aliviaba algo el hecho de que el tiempo transcurriese y su pelo alborotado, la camisa mal planchada, los vaqueros rasgados, el rostro somnoliento, la barba de dos días e incluso sus pensamientos -que él creía translúcidos- no hicieran mella alguna en la tonalidad de aquella contundencia que le peroraba delante. Permanecía exactamente igual que diez minutos antes.
Sí le preocupó e instaló definitivamente en la certidumbre de realidad lo que la voz contundente expulsó, junto con gotitas salivares, por fin:
-Diríjase ahora mismo a ver a los de Primero de bachillerato B, lo esperan.
Una vez informado de dónde se hallaba tal clase, Florencio dirigió sus pasos hacia allá por laberínticos pasillos en los que reinaba un silencio que se le antojó ortopédico. Al acercarse al aula fue percibiendo en cambio un alboroto que le resultó algo más natural.
Entró en aquel espacio, tan conocido y tan nuevo para él al mismo tiempo, y se hizo de golpe una quietud de sorpresa y expectación.
Ya en el interior se dirigió a la mesa del profesor y divisó desde allí cuarenta y tantos rostros sibilinos que le observaban enmarañados y caóticos. Un germinal deseo se apoderó de su interior en aquel instante: inmiscuirse en aquella masa granulosa, sentarse entre ellos, mimetizarse...
-Buenos días. Me llamo Acurio. Florencio Acurio –dijo en voz alta, intentando por un lado reafirmar ante sí mismo la irreversible situación y por otro subrayar ante ellos su potestad docente.
El silencio que recibió como respuesta le agradó. Se trataba ahora de una tensa calma sustentada en la curiosidad. Aclimatado a esta atmósfera de expectativas soltó un discurso tan improvisado como ineludible en tales circunstancias:
cómo sería el curso que comenzaba, qué normas él no iba a estar dispuesto a que no se cumplieran a rajatabla, cuáles eran los objetivos y las finalidades educativas del centro, los horarios, las actividades, las responsabilidades, las vocaciones...
Todo esto último sí le permitió ya apreciar rostros más definidos. Y todos ellos le regresaron por unos instantes a su arboleda perdida, además de ofrecerle ciertas muecas sospechosas que fulminaron el atisbo de nostalgia.
Viendo sobre la mesa una lista con nombres y apellidos se aferró a la contemplativa y preceptiva tarea de pasar lista.
Al nombrar los primeros apellidos la masa se desintegró en sus individualidades y adoptó un tono de inquieto murmullo.
Con mucha tranquilidad continuó Florencio enunciando el listado y tras un inicio prometedor se topó con los García. La sucesión prosiguió su curso sin alteraciones hasta que, de pronto, leyó García Martillo, Iván, y recibió como respuesta alternativa al sí, aquí, con mano alzada, un prefiero que me llame Cúter, sin mano ni nada, acompañado, eso sí, de un sonoro coro de carcajadas.
Florencio miró al alumno Cúter y comprendió que un nuevo problema había nacido para él.
Eso sí, era viernes, comprobó que apenas quedaban quince minutos para que fueran las dos y media, hora de salida, y se trataba del primer día de clases, 18 de septiembre, por lo que Florencio Acurio no se resistió a, obviando aquella provocadora respuesta, recomendarles amistosamente a todos aquellos semblantes púberes y anónimos que disfrutaran del fin de semana.
-Señores, por hoy hemos terminado.

41 - Las apariencias de Luis Lasanta


Florencio entró en su automóvil y permaneció unos segundos con los ojos cerrados.

Joder, ¡soy profesor! –exclamó para sí, como un niño al que han regalado zapatos nuevos.
Por su mente desfilaron su padre Nemesio, con quien se las tenía tiesas y no se hablaba desde hacía lo menos cinco años, y al que no sabía muy bien si esperaba ablandar con este triunfo o, simplemente, machacarlo, su hermana Valentina, y su madre, la señora Candela, que eran con las que mantenía el contacto, y a las que quería mucho, en la lejanía.
Allá andarán en A Pobra, liados con La Bodega y peleándose unos con otros -rumió, deseando contarles la noticia.
Cuando estaba a punto de arrancar escuchó unos golpes en la ventanilla derecha. Se giró y vio a un tipo de su misma quinta, con el que ya se había cruzado en el interior del Instituto.
-¿Sí? -dijo Florencio bajando el cristal.
-Hola, esto... ¿vas al centro?...
-Sube.
El tipo subió al coche. Llevaba una carpeta negra y unos libros, al igual que Florencio, que colocó sobre sus piernas. Pero, de forma inversa a Florencio, vestía una ropa exquisita, pulcra, formal.
-Perdona, soy Luis –se presentó. Parecía un tipo muy serio, tanto o más que su indumentaria, con corbata incluída como complemento y símbolo de una determinada actitud ante la vida.
-Yo Florencio. Encantado. ¿Eres profe?
Luis Lasanta también era profesor. Llevaba un año en San Estanislao, donde entró nada más terminar la carrera de Historia. El director era tío suyo, por lo que el asunto resultó sencillo.
Florencio arrancó el automóvil.
Durante el trayecto hablaron superficialmente de cosas como el instituto, los alumnos, los profesores, siendo Luis quien dirigía en todo momento las riendas de la conversación.
Cuando Florencio aparcó el coche en la Plaza de España y, ya fuera, se disponía a despedirse, Luis Lasanta lo invitó a tomar una cerveza. Aceptó con gusto Florencio y se dirigieron a un bar cercano, instalándose en la terraza soleada.
Con las dos cervezas por delante Luis encendió lentamente un cigarro, sin dejar un momento de mirar a Florencio y, finalmente, retomó el diálogo interrumpido:
-¿Tú a quién sustituyes? –formuló inquisitivo, en un tono que a Florencio le recordó a su tío, el director.
-No sé, al de Historia creo...
-Claro, claro, sustituyes a Francisco Laviades.
-Ah...
-Él también sustituía. Sí. ¿Sabes el porqué de su baja?
-...pues...
-Nódulos...–dijo Luis casi en un susurro, alterado de pronto al observar cómo entraba en la cafetería un grupo de gente, al parecer conocidos suyos.
-Bueno... esto... tengo que irme... -murmuró, acuciado por una precipitación repentina.
Se levantó con torpeza, visiblemente turbado, dejando sobre la mesa un billete de cinco euros. Entonces, al ir a despedirse, volvió a mirar fijamente a Florencio.
-...aunque... mejor, mira... vivo aquí al lado. ¿Subes?... sí hombre, sube y comeremos algo... vamos... larguémonos de aquí.
Florencio lo miró, a medio camino entre la sorpresa y la diversión, pensó que nadie le esperaba en casa y que, total, nada perdía con ello. Además, aquel tipo había conseguido picar su curiosidad, y, por otro lado, también podía ser una buena forma de celebrar su primer día de trabajo.
Así que se dejó arrastrar.
Luis Lasanta vivía en una callejuela junto a la Plaza de España, en una casa antigua, aunque con ascensor.
En la planta tercera introdujo una llave en la cerradura de una puerta pesada e invitó a pasar a Florencio.
La casa era grande y luminosa, con los techos altos y las vigas de madera.
-Es antigua, pero ha sido restaurada hace un par de años, junto a toda la finca...
La entrada era una habitación amplia, las paredes con estanterías repletas de libros, un sofá con una mesita delante con papeles, libros, revistas, discos, ceniceros... En frente había un equipo de música, un DVD, y un pequeño televisor, encajados en un antiguo y también restaurado mueble de madera. A la derecha del sofá se iniciaba el pasillo que comunicaba con el resto de la casa, y a la izquierda se abría un gran ventanal desde el que se contemplaba una espectacular vista de la Plaza.
Florencio pensó que aquella casa y, sobre todo, aquel despreocupado desorden no se ajustaban en nada a un tipo tan estirado y circunspecto como el tal Luis.
-¿Tienes novia? –preguntó de sopetón éste, regresando desde las profundidades del pasillo, mientras introducía el cuello y los brazos en una camiseta de color violáceo con la leyenda Euskal Presoak, Euskal Herrira estampada en negro, y unos vaqueros cortados a la altura del muslo.
-No... yo... no... -balbuceó Florencio, cogido de improviso por la pregunta y observando alucinado la nueva versión de Luis. Definitivamente parecía haber abandonado en su habitación la pose de hombre serio y juicioso, cambiando la simbólica corbata por la, cuando menos turbadora, leyenda de la camiseta. Aunque, se interrogó Florencio, ¿qué pose se suponía que representaba ahora? ¿Qué coño significaba aquella nueva apariencia? ¿Quién diablos era ese tipo que tenía delante?
-Y entonces... ¿no follas?
-Bueno... pues... ya te digo... no tengo mucho tiempo ...entre los ensayos, tocar la flauta, preparar guiones para la radio, hacer el programa...
-Todo tiene arreglo...
-¿Y... tú? -contraatacó tímidamente Florencio.
-Bien, digamos que estoy en ello...
Y Luis se perdió en dirección a la cocina, que era la primera puerta a la izquierda que se abría en el pasillo.
-...que siempre estoy en ello... -se le escuchó como un eco continuar desde allí.
Regresó al momento portando una bandeja sobre la que había dispuesto una fuente con ensalada de lechuga y tomates, pan, chacinas variadas y tenedores. La colocó sobre la mesita del centro, volvió a marchar y retornó con dos grandes jarras de cerveza.
-Bueno chico, ¿por dónde íbamos?... –dijo, sentándose en el sofá junto a Florencio y dando un buen trago de su jarra.
- ...¿de qué te estaba hablando?...
-De nódulos –articuló un cada vez más atónito Florencio.
-Ah sí, claro, los nódulos en la garganta.

42 - La Gran Conspiración.


Tras pronunciar estas palabras Luis Lasanta quedó de pronto pensativo, como ausente, la mirada traspasando el ventanal y perdiéndose enigmática en el colosal monumento de la Constitución de 1812.

Florencio aprovechó para escudriñar con cierto detalle aquel rostro de facciones rígidas, de ojos oscuros y profundos, de cabello rubio, casi al uno, de gesto ambiguo, como casi todo en él, en busca de algo que le aclarase las cosas.
No sabía qué pensar.
La apariencia de Luis, la de antes, esa seriedad formal, casi de viejo, pensó para sí Florencio, y la de ahora, que aún no se atrevía a calificar. Aquella casa. Las intenciones de Luis. Sus preguntas. Su espantada en el bar. Todo era, cuando menos, chocante.
En estos pensamientos andaba sumido en el momento en que la mirada de Luis regresó de su ausencia y se posó sobre él.
-¿Sabes? Yo sustituí a Manuel Paz, de Historia, como tú. Este va a ser mi segundo año aquí ¿Te imaginas cuál fue la causa de su baja?
-... ¿nódulos?...
-Exacto. Pero hay más. Este curso, y ya antes de iniciarse, eh, ha habido otras tres bajas. Lengua, Filosofía, Inglés.
-¿También por nódulos?
-Sí.
-Vaya epidemia.
-¿Adivinas qué asignatura les era común a todos?
-...esto... No.
-Educación para la ciudadanía –dijo Luis en un tono conscientemente misterioso.
Y a partir de ese instante dedicó por completo toda su atención y esfuerzos a la ensalada, las chacinas, el pan y la cerveza. Florencio, al verlo, lo imitó, por lo que permanecieron en silencio un buen rato.
Cuando terminaron el ligero ágape, Luis se levantó llevando consigo la bandeja y regresó con las dos jarras llenas.
Tras dar un largo trago a la suya alcanzó el mando a distancia del equipo de música y lo puso en marcha.
El Tercer Concierto de Brandemburgo en sol mayor de Bach comenzó a sonar de forma clara y contundente.
-Me encanta... -comentó con alegría Florencio, viendo cómo Luis humedecía con la lengua un cigarro rubio y esparcía su contenido sobre su mano izquierda.
-Es el mejor... -afirmó Luis continuando su faena de elaborar un porro.
-¿Fumas? –le ofreció el liadillo a Florencio una vez acabado.
-Bueno, si se tercia... -contestó éste, tomándolo con cuidado con una mano y resguardando con la otra el fuego del mechero para aspirar con fuerza y prenderlo.
A partir de ahí, con los compases de Bach de fondo, la vista de la plaza, el cielo azul y la brisa de septiembre conformando la peculiar sobremesa, todo fue un ir y venir de caladas, risas y palabras, frecuentar el ritual de la fabricación de los petas unas pocas veces, y un llenarse y vaciarse sin fin las jarras de cerveza.
Luis retomó rápidamente el hilo de la conversación: los nódulos en la garganta, las bajas y la asignatura de Educación para la Ciudadanía.
Pero en este nuevo ambiente de relajación y camaradería, esos tres asuntos, que podrían haber parecido banales y para salir del paso, como efectivamente había pensado Florencio, se tornaron ante sus chispeantes ojos en los tres pilares sobre los que sustentaba Luis su fantástica teoría sobre la Gran Conspiración.
-¡Coño!... –exclamó Florencio desde una sonrisilla traviesa- ¿Gran conspiración? ¿Pero de qué hablas, hombre?... No me jodas...
-Paso a exponértela –proclamó a su vez Luis, con inmutable seriedad, y se puso en pie, iniciando una disertación de lo más académica.
-Comandados por el Foro de la Familia se ha iniciado por toda España, como sabrás, una auténtica cruzada de padres objetores de conciencia de la asignatura en cuestión. Incluso algunas comunidades luchan contra ella, a su manera. Así pues, si en la Comunidad Valenciana se ha decidido impartir la materia en inglés, con la pérfida intención de que los alumnos no entiendan absolutamente nada de nada, aquí en Cádiz, y más concretamente en San Estanislao, porque resulta que ni en Andalucía ni en nuestra provincia parece haber unidad de acción...
El sonido de un móvil cortó en seco la explicación de Luis. Era el suyo. Excusándose con Florencio se dirigió hacia el ventanal y se puso al habla.
-¿Laslo?... ¿sí?... Hola Rubén... ¿cómo va todo?... ya... no, mira... el día veintisiete de este mes... ¿correcto?... ya... otra cosa... por nada se te ocurra llamarnos... ¿entendido?... esta es tu última llamada. El día veinticinco te llamaremos nosotros y concretaremos todo... ¿bien?... sí... vale... hasta ahora... adiós...

43 - Lucía

Luis Lasanta dejó el teléfono móvil sobre la mesa y regresó a la ventana abierta. En su rostro parecía haberse instalado una nube de preocupación.

Florencio lo miraba desde su indolente humareda de hachís, con la sonrisa en los labios y una divertida estupefacción en su mente.
-...bueno, ¿no me dirás que en nuestro instituto quieren acabar con Educación para la Ciudadanía a base de nódulos en las gargantas, verdad?... –ironizó, sin poder reprimir una enorme carcajada tras finalizar la pregunta.
Pero Luis no contestó.
Sin inmutarse, se limitó a extraviar de nuevo su oscura mirada a través del ventanal.
-Eh, oye, qué pasa, no te vayas a poner serio ahora...
La Obertura de la Suite en do mayor fue la única réplica a éstas palabras, y, encogiéndose de hombros, en ella se dejó mecer Florencio, saboreando la elegancia pomposa de oboes, fagots y violines.
Le asaltaron las ganas de tener su flauta travesera a mano. Era un movimiento que conocía y que podría acompañar sin gran esfuerzo. Se imaginó haciendo sonar las notas en su Yamaha plateada, re, fa sostenido, mi, re, si en octava alta...
Y entonces, muy por encima en decibelios de aquel ensueño y armonía musicales, tronó el timbre.
Luis, como despertando de una pesadilla, dio un brinco, y se apresuró en abrir la puerta.
-Hola...
Una chica joven, de unos veintitrés años, alta, delgada, morena, cerró la puerta tras de sí. Parecía simpática, pues toda ella era una radiante sonrisa.
Antes de que Luis los presentara, ella, tras dar a éste un leve beso en los labios, se dirigió rauda hacia Florencio.
-Oye, tú eres el que toca la flauta en San Francisco...
-Sí...
-Me encantas –soltó, estampándole dos sonoros besos en las mejillas- qué tal todo, soy Lucía...
Y Lucía era un torrente de diversión, y de palabras. Resultaba también una chica atractiva. Disfrutaba de unas piernas largas, cubiertas por un ceñido pantalón vaquero, y unos pechos danzarines, que se adivinaban bajo una camiseta celeste sin mangas en la que podía leerse: Down with the capitalist.
Desde luego estos dos no aman el sistema, rumió para sí un observador Florencio.
Estudiaba en Cádiz, en la Universidad, se hallaba cursando tercero de Filología Hispánica.
-Vaya, una futura de las nuestras... -bromeó Florencio.
Y trabajaba en una pizzería del paseo marítimo, para costearse estos estudios.
-...una chica muy completita... -apuntó Florencio, que se sintió atraído desde el primer instante por Lucía. Ante todo le cautivó de forma precisa el tono de su voz, de una sensualidad arrebatadora. Aunque, por otra parte, pensó que -con total seguridad- ella sería aquello en lo que decía Luis que estaba... por lo que, se dijo, haría bien cortándose un poco.
Lucía se había sentado a su lado y, mientras hablaba incansable, mirándolo a los ojos, casi silbándole las palabras, lo tocaba continuamente, en el pecho, en los brazos, en las piernas.
Luis, que había llenado las dos jarras de cerveza y traído otra para Lucía, permanecía sentado frente a ellos, liando un cigarrillo, en silencio.
Animado por el clima confidencial que parecía haberse creado entre Lucía y él, y por hacer partícipe de la conversación al ausente Luis -también para no sentirse demasiado incómodo él mismo- Florencio, que gracias a las cervezas y a los canutos se sentía desinhibido, lanzado, eufórico, olvidada por momentos su habitual timidez, se atrevió a bromear sobre la Gran Conspiración de la que le había estado hablando Luis.
-¿Conoces la historia, verdad?...
Florencio imaginaba que Lucía se partiría de la risa con el despropósito de aquel relato, y que los tres iban a vivir unos momentos de relajada tertulia y buen rollo, pero en cambio, advirtió contrariado, ella se puso de repente tensa, y su luminosa sonrisa se tornó en un gesto severo.
-Vas a disculparnos... -se excusó, lanzando una mirada criminal hacia Luis.
Agarrándolo de un brazo tiró con fuerza de él, y se perdieron los dos en la oscuridad del pasillo.
Florencio quedó entonces a solas en la sala, sorprendido, y, por un momento, permaneció inmóvil, desconcertado, sin saber qué hacer.
Pero iba a ser algo irremediable, se dijo, excitado.
Se sentía juguetón, alegre, y, además, una imperiosa curiosidad se había adueñado de él por completo.
Esperó unos prudentes instantes y al fin se levantó, y con mucho sigilo se aventuró por el pasillo. Dejó atrás, a su izquierda, la cocina. Unos pasos adelante vio a la derecha la puerta entreabierta del cuarto de baño, y al fondo vislumbró la que había de ser la de la habitación de Luis, y que se hallaba cerrada.
Con tremenda cautela, y bajo los aristocráticos acordes del Passepieds I, se acercó a ella y posó su oreja derecha sobre la madera.

44 - So what?


Nada.

Eso fue lo que pudo escuchar Florencio Acurio a través de la puerta.
Nada a excepción de lo que pareció ser el colofón categórico a una discusión soterrada.
-¡Ni hablar!
Tras el grito, el silencio, pues aquel coincidió en el tiempo con los últimos acordes de la Suite.
Abordó Florencio con gran sigilo su retirada y, ante el temor de verse descubierto, se introdujo calladamente en el baño.
Desde tal lugar sí oyó a los otros dos salir de la habitación. Los escuchó atravesar el pasillo. Oyó el tintineo de las jarras de cerveza al chocar entre sí, quizá un brindis sellando un acuerdo. Algún comentario confuso. El silencio de nuevo.
Al fin, el incomparable y alegre Menuet de Boccherini le llegó con armónica claridad desde el salón.
Allí dentro, a solas en aquel territorio doméstico, se sintió a salvo, y también fue consciente del grado de embriaguez que había alcanzado.
La euforia de tan solo hacía unos instantes había dado paso de golpe a la fatiga física y a la confusión mental.
¿Qué estaba pasando con esos dos?
No estaba acostumbrado a beber, y mucho menos a fumar hachís.
-Menos aún a horas como estas, -se dijo en voz baja, apoyando la frente sobre el espejo del lavabo.
No podía pensar con claridad.
El cuarto de baño, amplio, luminoso, con cierto toque nórdico, o eso le pareció en esos instantes, se movía lentamente a su alrededor.
Hasta qué punto no estaría alucinando.
La historia de Luis era demencial, cierto, pero la reacción de Lucía sólo podría ser calificada, cuando menos, de sorprendente.
¿Y la suya propia? Salir tras los pasos de ellos. Intentar escucharlos agazapado tras la puerta, comportándose como un crío. Era vergonzoso.
Un rastro de lucidez pareció abrirse paso entonces en su mente, y decidió irse para casa, que es lo que debería haber hecho nada más salir del instituto, se recriminó.
Tras enjuagarse el rostro y despejarse algo, se secó levemente con una toalla, tiró de la cisterna con la idea de simular normalidad, y salió de la habitación.
En la sala no vio a nadie. Nada sonaba en el aparato de música, cuando de pronto, viniendo desde atrás, notó cómo Lucía le pasaba un brazo por el hombro y le estampaba un beso en la mejilla.
-¿Qué?, evacuando líquidos, ¿no?, pues hay que terminar las existencias –le dijo con la alegría impregnada de nuevo en su ser y acercándole una jarra llena de cerveza– Nos vamos...
Sin tiempo a preguntar Florencio se vio dando un largo trago de cerveza, vio a Lucía acercarse al equipo de música y hacer sonar el Cool and Collected de Miles Davis, y observó cómo Luis se había sentado en el sofá y preparaba otro liadillo.
Bajo la cadencia de piano y bajo en la introducción de So What toda la tensión de unos minutos atrás parecía haberse desvanecido.
Lucía se acercó a Florencio y lo abrazó levemente.
-Bailemos... -susurró, y los dos cuerpos iniciaron una danza casi estática en el centro de la sala, contoneando lentamente las caderas y girando sobre sí mismos con delicadeza.
Florencio intentó decir algo pero el dedo índice de Lucía se posó con levedad sobre sus labios, y entonces él cerró los ojos y se dejó mecer por el balanceo de la joven.

45 - De exposición (I)


Los tres llegaron abrazaditos, algo inestables en su andar y con grandes risas a la antigua nave industrial reconvertida en espacio cultural situada en las afueras, que era el objetivo de su salida.

Durante el trayecto en autobús Lucía había avanzado a Florencio aquello que se disponían a ver. Una exposición colectiva de un variado grupo de jóvenes artistas gaditanos. Fotógrafos, escultores, pintores. Y, para la ocasión, un peculiar grupo llamado Orquestina en Blanco, que hacía versiones disparatadas de temas heterogéneos y algo peculiares que servían –según sus propias palabras- de hilo musical en todo tipo de eventos.
-Un lugar... grande –dijo Florencio mirando a derecha e izquierda al entrar en la nave, que se hallaba ocupada por grandes paneles en los que se exponían las obras fotográficas y pictóricas y que conformaban entre sí una especie de laberinto, salpicado éste en su recorrido por obras escultóricas de diferentes materiales y tamaños.
Aquello se encontraba atestado de un gentío variopinto y ruidoso y Lucía y Luis se vieron rodeados al instante de conocidos que los besaban y abrazaban con gran alboroto.
Florencio se separó de ellos, se inmiscuyó entre la masa y comenzó a recorrer aquellos meandros de arte, tropezando con unos y con otros. El azaroso periplo le llevó a una barra donde se servían bebidas y cosas para picar. Consiguió hacerse un sitio y esperó paciente a que algún camarero le prestase atención. Mientras aguardaba escuchó con curiosidad a unos jovencitos a su lado comentando entre chanzas el extraño caso de una mujer norteamericana que se había quedado embarazada estando ya embarazada.
-Sí, chicos, es un fenómeno conocido como superfetación... -explicó el flamante docente de forma delatoramente trabada.
Los jóvenes, tras mirarlo y aguantar unas risas, no le prestaron mayor atención y Florencio, agarrando el güisqui que acababan de servirle, se dijo que mejor así.
-Estos niñatos podrían ser alumnos míos...
Desde aquella posición en la barra se dominaba perfectamente el escenario, y desde allí vio subir a éste a un curioso grupo musical formado por un violinista, un saxofón, un guitarra, una teclista y un batería. Toda la banda vestía de un blanco impoluto y mostraban anudadas bajo el cuello de sus camisas sendas pajaritas negras.
Sin presentación alguna comenzaron a interpretar con un sonido moderado y de forma muy libre el tema de una antigua serie televisiva, Embrujada, y, efectivamente, nadie pareció hacerles caso alguno, mas ellos continuaron impasibles a lo suyo, llevando a cabo su particular concierto ambiental, a la manera, en cierto sentido, reflexionó Florencio, de la música de mobiliario de Erik Satie, aquella compuesta específicamente para no ser escuchada.
El grado de ebriedad de Florencio se extendía ya por su riego sanguíneo sin compuertas que pudieran detenerlo, y su mente era un revoltijo de felicidad y pasmo.
Pertrechado con su vaso largo continuó deambulando al alegre son de los Picapiedra, observando no sin cierta dificultad visual las relevantes muestras del arte contemporáneo gaditano.
Fue acercándose al escenario y al estar a unos metros comprobó que conocía a los músicos de la banda. Incluso había tocado con algunos de ellos. Les mandó un saludo que estos le devolvieron cordialmente.
Tras ello continuó su errática ronda hasta que de pronto tropezó con alguien, a quien del golpe tiró el vaso de cerveza. Al ir a disculparse vio que se trataba de un rostro conocido.
-Alicia...
Alicia era una especie de amiga, una conocida muy cercana, una enamorada de los sones de la flauta de Florencio, o quizás de algo más.
-¡Hola Florencio! –gritó la chica, saltándole al cuello y soltándole un sonoro beso en los labios.
Ella también andaba algo achispada, y agarrándolo de la cintura se puso a caminar sin más con él. Le contaba atropelladamente sus vacaciones en el norte, en Oviedo, una preciosidad, con sus monumentos, su estatua de Woody Allen, el monte Naranco, y muy limpia, una ciudad muy limpia.
-Y tú ¿qué tal? –inquirió con grandes ojos ansiosos.
Florencio le balbuceó como pudo las nuevas noticias sobre su condición de profesor.
-Vaya, ¡eso es estupendo! –y Alicia le volvió a estampar otro acústico beso en los labios.
-Podríamos celebrarlo en mi casa, es aquí cerca, y tú estás ya bastante cargadito... y además me lo debes, ¡me has tirado mi cerveza!...
Justo en ese momento apareció ante ellos con hiperbólica sonrisa, Lucía, blandiendo un cubata en su mano derecha, y la palma abierta en la izquierda, que colocó sobre la espalda de Florencio.
-Pero, ¿dónde andabas, hombre?, ando un rato buscándote como loca...
Un turbado Florencio intentó presentar a las dos chicas, pero, para su mayor pasmo, resultaron ser viejas conocidas.
-Hola Lucía –saludó Alicia en un tono de evidente desagrado.
Las miradas que se regalaron la una a la otra delataban una mutua y lejana antipatía.



46 - En la Cueva del Pájaro Azul (1)


-Veo que sigues viva...

-...y tú en la calle...
Florencio pudo comprobar en primerísimo plano cómo entre aquellas dos mujeres más allá de cierta antipatía lo que existía realmente era un profundo y trabajado odio.
-Bueno, mira, Floren, yo me largo...
Alicia bajaba los brazos antes incluso de iniciar la lucha, sin siquiera haber intentado confrontar fuerzas, en la atávica batalla de las dos hembras por el macho, pensaba un decepcionado Florencio.
Pero Lucía, muy segura de sí misma durante el breve y tenso encuentro, pareció doblegar a Alicia con su sola presencia, como si hubiera algún turbio asunto entre ambas que le impidiera a ésta plantar cara, hacerse valer, y que, en todo caso, la forzó a retirarse.
-...ya te llamo... -dijo, dándole dos cándidos besos en las mejillas a Floren.
Éste la vio marchar cabizbaja y no pudo menos que sentir cierta pesadumbre en su interior.
-Bueno, chico, por fin todo mío... -proclamó Lucía, satisfecha y radiante, asiendo el brazo de Florencio y pasándoselo alrededor de su cintura.
-¿Y Luis?...
-Luis ¿qué?...
-No sé, sois novios, ¿no?...
La carcajada de Lucía le explotó a Florencio junto a sus oídos y le produjo tal impresión que tuvo que detener sus pasos y apoyarse sobre los hombros de ella.
-...joder, pues sí que eres inocente, amigo, ¿será posible que no te hayas dado cuenta todavía de que Luis es gay?...
-Vaya, encima... lo que le faltaba...
-¿Cómo?
-No... esto... no me interpretes mal, no tengo nada contra los gays, pero no me negarás que ese chico es una cajita de sorpresas...
-Si lo dices por sus cambios de comportamiento y de indumentaria... compréndelo... su padre es un militar retirado de los de Franco... y su tío un cura, y director del instituto... su jefe, vamos...
-...ah, y por eso se esconde en el armario...
-Pues según cuándo, dónde, y con quién...
Durante unos instantes los dos caminaron abrazados entre la caótica masa de admiradores de arte, en silencio, pensativos.
-Pero, no sé, no crees que con treinta tacos ya podría ir más a las claras por la vida...
-Oye guapo, ¿no serás maricón tú también?... ¡deja ya en paz a Luis, hombre!...
La curiosidad se abría paso a empellones en la mente de Florencio, deseando satisfacer las ansias de saber qué ocurría con ese Luis, con aquello de su conspiración, de qué diablos habían hablado esa tarde encerrados en la habitación, qué coño le pasaba con Alicia, pero, a pesar del alegre y desinhibidor
estado de ebriedad que lo envolvía, se abstuvo de comentar nada.
Tenía que reconocer que Lucía ejercía, también sobre él, un efecto intimidatorio.
Indudablemente era una joven con un carácter fuerte, que gustaba -y conseguía- de manejar ella las situaciones. Y a las personas.
-...y ahora vámonos de aquí, me aburro...
Desde su móvil llamó a un taxi, que los recogería en cinco minutos.
Ya en el interior del auto se dirigió al taxista.
-A la catedral, en la esquina con la calle San Juan... -indicó, volviéndose entonces salvaje e inesperada gata hacia Florencio, a quien besó directamente en la boca, hundiéndole la lengua con voluptuosidad y descaro.
Mientras lo baboseaba, su mano fue descendiendo lentamente desde su pecho, por su estómago, hasta posarse sin recato alguno sobre su entrepierna, que manoseó a gusto, hasta conseguir una erección que pareció dejarla satisfecha.
-Ya llegamos...
Florencio salió del vehículo flotando en ensoñaciones pornográficas, y con la alegre entrepierna convencida de dirigirse sin dilación a casa de Lucía. Pero ésta, tirando de su mano, lo encaminó por la estrecha y oscura calle San Juan hacia un local al que se accedía descendiendo por unas ceñidas escaleras.
-¿Conoces la Cueva del Pájaro Azul?
-...alguna vez he estado... sí... –contestó un descolocado Florencio, notando cómo menguaba su baja y carnal euforia.
Tras bajar no sin dificultad las angostas y pronunciadas escaleras accedieron a un recinto amplio, de luces tenues, con un pequeño escenario al fondo, mesas y sillas junto a él, y una barra larga en uno de los laterales. Se trataba de un antiguo tablao flamenco puesto al día con cierto toque canalla.
Un público trajeado, de cuarenta en adelante y en su mayoría masculino, ocupaba la mitad del aforo del local.
-¡Querida Lucía! –un hombretón de cara redonda y mofletuda, vestido de piconero, se había acercado a ellos y besaba y abrazaba a Lucía con gran alborozo- Vamos, venid, os llevaré a una buena mesa.


47 - La Cueva del Pájaro Azul (2)

El hombretón los llevó a un velador junto al escenario y se sentó con ellos o, para ser más exactos, entre ellos, colocando el trabuco sobre la mesa.

Entonces supo Florencio, observándolo en suspenso desde su nube etílica y escuchando como en ecos las palabras pronunciadas junto a él, que se llamaba Antón, y que era el encargado del local.
El tal Antón, tras las presentaciones, avisó a una de las camareras con un enérgico gesto de la mano, con el que de algún modo deseaba exhibir su superioridad jerárquica.
Llegó la joven a la mesa ataviada, al igual que todas sus compañeras, con una peculiar indumentaria de piconera.
Antón pidió con su voz grave tres güisquis con hielo y unas avellanas, y, al marchar la chica, comentó jocosamente “que habían decidido desvestirlas de época para ir entonando al personal”.
Florencio miró atónito a Lucía esperando de ésta una respuesta contundente frente a aquella bravuconada de macho, pero sólo encontró en ella una leve sonrisa de complicidad o, en todo caso, indiferencia.
Aquello lo descentró -si esto era ya posible- aún más, y lo hizo sentirse a disgusto en aquel lugar, deseando que se esfumara aquel tipejo baboso de las grandes patillas de boca ancha, y que ellos dos marcharan raudos y arrebolados de una vez hacia casa de Lucía.
-Cuéntale, Antón, cuéntale a nuestro amigo la historia del local... -lo animó ésta levantándose de repente- ...mientras yo regreso... -dejó en el aire las palabras, alejándose con el contoneo de sus largas piernas ceñidas por la tela vaquera.
Veía Florencio marchar de espaldas aquella camiseta celeste sin mangas y se empeñó tozuda e inútilmente en recordar cuál era el eslogan que danzaba por delante, sobre sus pechos saltarines.
La cara redonda y mofletuda se esmeró entonces en casi declamar con solemnidad la leyenda del personaje decimonónico ante el abatido Florencio.
-El Pájaro Azul, amigo, tendría unos treinta años, andaba soltero, aunque se le conocían un gran número de amantes, y de él se decía que, aparte su condición de contrabandista valiente y arrojado, era amigo de los pobres y persona de gran corazón,... y con una pinta muy parecida a la mía, aunque, eso sí, con algunos kilos de menos...
Las risotadas del hombretón retumbaron en la mente atribulada de Florencio, arrepentido de nuevo de no haberse marchado directamente a casa al salir del instituto, de no haber llamado a su familia, comido bien, descansado, ensayado... Pensó que al día siguiente –ya era el día siguiente- tenía programa de radio, y que no había preparado nada.
-...Estamos hablando de la segunda década del siglo XIX, compadre. Hágase una idea. Tiempos de trienios liberales, constituciones, revoluciones, y de los jodidos cien mil hijos de san Luis... -el tal Antón parecía recitar aquella historia de memoria- La banda del Pájaro azul la formaban unos siete u ocho personajes escogidos entre lo mejorcito de los barrios y muelles de Cádiz...
Sólo la esperanza de acabar aquel larguísimo día saboreando por fin los encantos imaginados en Lucía, en Lucía sin aquellas prendas, sin aquel olvidado eslogan, en Lucía al desnudo, sola para él, lo hacían mantener la compostura y la calma.
-...sus trabajos consistían, en lo básico, diríamos, en hacer negocios... ya sabes, al margen de las barreras del Estado, entonces tan corrupto y estafador como ahora...
Las escandalosas carcajadas las acompañó Antón tras éstas últimas palabras de un manotazo en la espalda de Florencio.
-...y teníamos a la Tía Juanica, una vieja que se dedicaba al estraperlo y a lo que podía, y que vivía cerca de la catedral, es decir, por aquí mismito...
Florencio observaba tras los cabellos negros y alborotados de Antón cómo Lucía hablaba en la barra, dejando ver su esbelta figura y oír la más radiante de sus sonrisas, con un hombre mayor, que lucía una flor en la solapa de su chaqueta blanca y movía en su mano derecha, jugueteando con él, un sombrero también blanco de fieltro de fedora.
-...en su partidito la vieja guardaba un baúl cuyo falso fondo daba acceso a unas cuevas en donde parece que se escondía el Pájaro Azul...
La conversación de Lucía con el señor del sombrero parecía ir para largo y Florencio, que tras ver a tanto hombre y a tanta camarera desvestida andaba ya algo mosca, intentó excusarse educadamente con el del trabuco para dirigirse hacia la barra, pero éste lo agarró sin contemplaciones por el brazo con los gruesos dedos de su mano y lo mantuvo pegado a la silla.
-...la cosa es que en los años sesenta un tal Fedriani abrió este garito y le puso el nombre de aquel contrabandista... Alguno hay por ahí todavía vivo que podría atestiguar cómo fueron los comienzos del local...
-Oye... este tan histórico garito no es más que un puto prostíbulo, ¿verdad?... -se aventuró Florencio, no muy consciente del pleonasmo y empezando a perder la paciencia, pero se vio cortado por un sonoro manotazo sobre la mesa.
-¡Ni hablar, compadre! ¡Esto ni es prostíbulo ni sala de fiestas! ¡Esto es un tablao flamenco! ...¡y sanseacabó! -exclamó como un poseso Antón, atrayendo hacia ellos las miradas de todos los presentes.

48 - En La Cueva del Pájaro Azul (3)

Aprovechó Florencio la turbación de Antón ante la metralla visual que se les vino encima para liberarse de la gruesa garra de éste, levantarse y dirigirse con cierto tambaleo hacia la barra.

A mitad de camino se topó con Lucía, alerta y con semblante enojado por los gritos, que regresaba a la mesa, y que, sin mediar palabra, aferró con sus delicados dedos la cintura de él, le hizo dar media vuelta, mantenerse erguido y ocupar de nuevo su silla, sin chistar.
-Pero, se puede saber qué os pasa a vosotros dos... -articuló la joven en voz baja, haciendo volver a su rostro una sonrisa, aunque algo forzada, del todo resplandeciente.
-Tengo que preparar las cosas... -se excusó raudo Antón, apurando su vaso y recogiendo su trabuco, subiendo al escenario y dirigiéndose hacia uno de sus flancos, donde parecían esperarlo el señor de la flor y el sombrero, y un joven canijo con el pelo negro y ensortijado.
-Anda, Lucía, vámonos de aquí... -solicitó Florencio cambiando de silla y colocándose, no sin cierta dificultad, junto a la joven y su camiseta celeste sin mangas que proclamaba: Down with the capitalist.
-¿Estás loco?, ahora empieza lo bueno, hombre...
Dichas estas palabras quedó a oscuras todo el local, proyectándose a continuación dos focos sobre las tablas del pequeño escenario.
Dos sillas de enea, dos micrófonos.
Antón, sin el trabuco, surgiendo desde la oscuridad, plantándose en el centro y haciendo subir hasta su altura uno de los micros.
-...¿sí? ...¿sí?... –comenzó diciendo con su voz ruda, al tiempo que golpeaba el artefacto con sus nudillos, produciendo un leve acople- ...buenas noches, querido público... me complace presentarles esta velada a toda una leyenda viva del flamenco... Juan Cortina, el tío Cortina... algo retirado de la escena últimamente... pero que hoy nos deleitará con lo mejor de su cante... y aquí a mi derecha, al toque, la joven promesa gaditana... el Niño de la Teo...
Mientras sonaban los aplausos del aforo ahora casi lleno de la Cueva, Antón colocó el micrófono de nuevo a la altura anterior, y desapareció del escenario hacia la penumbra de la barra, mientras asomaban a él, cada uno desde un ala, el señor de la flor en la solapa, el tío Cortina, con su sombrero ladeado levemente sobre la cabeza de rizos canosos, y el joven canijo, con su guitarra asida por una mano.
Tras un silencio de expectación, se hizo el sonido. Unos acordes plenos de intuición flamenca, con ese pellizco que marca el compás. Las palmas sordas, sellando la cadencia.
Y sonó al aire una voz rasgada, con temple, atacando una soleá, ralentizada, con reposo:
...Ay, ay, ay... Sin rumbo por los caminos... Sin estrellas ni vereas... Sin rumbo por los caminos... Sin estrellas ni vereas... Y sin saber el destino... de los pasitos que me quean...
Florencio, a pesar de su cansancio y fastidio, de su lasciva ansiedad, a pesar de volar cada vez más alto en su nube etílica, y sin ser un entendido en flamenco -más allá de conocer a Camarón, Paco de Lucía, Jorge Pardo, y poco más-, amaba la música.
...Las estrellitas del cielo... se visten de colorao... y yo me visto de negro... en pensar que me has dejao...
Y allí frente a él, ondas como auras en el aire, tonadas de fuelle, manos jóvenes y garganta venerable, se comenzó a obrar el milagro de reconciliarlo con la situación, con el lugar, con los contrabandistas, con Lucía, con la vida.
...Mis fatigas son tan dobles... que no las puedo aguantar... se unen unas con otras... como las olas del mar...
Y con carita embelesada contemplaba a aquel señor, elegante y rudo a un tiempo, con su clavel, su inmaculado traje blanco, su rostro agrietado y moreno de sal bajo el sombrero inclinado, que apuntaba ahora un fandango de Huelva, arropado por las cuerdas del Niño, por la magia del duende. Y Florencio acompañaba el compás sobre la rodilla con su mano derecha, aventurando la izquierda por la cintura de Lucía, que se dejaba querer.
...De la vela... a la sombra de mi clara... De la torre de la vela... fabricaba mi gitana... canastitos de canela... y por flores los cambiaba...


49 - En La Cueva del Pájaro Azul (4)


Los dos se levantaron a un tiempo y aplaudieron a rabiar, junto al mayoritario público masculino, entregado, fiel, y a los olés que brotaban como flores desde las sombras de las mesas, desde las figuras confusas de la barra, desde los reservados entreabiertos para la ocasión...

Saluda el caballero al auditorio, en pie y levantando levemente el sombrero, señalando después a su joven guitarrista, también en pie, inclinándose hacia el público, y anuncia aquél unas alegrías de cai que darán paso a un descansito.
Tirititrán taran tran tran... tirititrán trantero... Navega por la bahía... sin que lo sepa la luna... la barquita que me trae... pulseras y mercancías...
Tirititrán taran tran tran... tirititrán trantero... ...Y a la playa me voy... por la mañana... para hablarle a las olas... de mi gitana...
Se repiten los aplausos calurosos y los saludos agradecidos y finalmente salen cantaor y tocaor del escenario, cada uno por el lado por donde había llegado.
Florencio, que agarraba con fuerza a Lucía por la cintura, eufórico, con el corazón en los labios, la acercó más a sí, e intentó besarla. Pero Lucía, en ese preciso instante, se levantaba ofreciendo el dorso de su mano izquierda al caballero de la flor, que la tomó y besó, galante, quitándose cortésmente el sombrero y sentándose con ellos.
Lucía los presentó.
Al momento se acercó a ellos Antón preguntando al cantaor qué iba a tomar.
-Mira, sobrino –comentó el tío Cortina, con una sonrisa traviesa en sus labios- ponme un güisquito, pero corto, porque yo ya no estoy pa la vida golfa...
Tras estas palabras sus ojos se posaron directamente en Florencio.
-Así que maestro, ¿verdad, sobrino? –la pregunta resultó ser más retórica que otra cosa, pues el tío Cortina tenía una labia arrolladora, y ganas de trabajarla.
-Sí, bueno, hoy he comenzado y...
-Eso está bien, sobrino... comenzar...-zanjó el caballero, intuyendo un perplejo y desarmado Florencio el porqué de aquel apodo, tío.
-...porque aquí donde me ves, como artista que soy, yo comencé mu jovencito... y siempre mu arreglao... de toa la vida... mi flor, mi traje, mi sombrero...
Se veía muy a gusto al tío Cortina, en su salsa, después de ejecutar sus cantes, reposado y con su güisquito, servido con rapidez por un solícito Antón, relatando sus cosas a la pareja.
-...pero las he pasao canutas, sobrino... que yo he estao desmayaíto... mucha hambre... la guerra... y también buenos momentos, claro... porque aquí donde me ves yo he dao tres veces la vuelta al mundo... con la compañía de Antonio el Bailarín...
La euforia de Florencio había comenzado a decaer con la frustación del beso no dado, y lo había continuado haciendo a medida que el tío Cortina avanzaba en sus peripecias, por lo que, mirando alternativamente a éste y a Lucía, que sonreía radiante hacia el cantaor, no veía el momento de que acabase todo y salir pitando de una vez de allí.
-...y había coyunturas en que nos poníamos ciegos... pero ciegos de darnos la vuelta por dentro, sabes, sacando lo más remoto de nosotros... como cuando yo cogí un avión por primera vez, que lo cogí con Paco el Niebla, y como nos daba miedo nos pusimos ciegos de coñá... sí, sí, que el Niebla llegó a Madrid borracho y se llevó treinta años borracho, tú... y una vez que estábamos en Hawai y nos comimos las uvas, con mucho champán, sobrino, y cogimos un avión y nos plantamos en Los Ángeles, y ¡otra vez las doce uvas y más botellas de champán!... pero ahora son otros tiempos...


50 -  En la Cueva del Pájaro Azul (y 5)


Por un momento quedó el tío Cortina pensativo, con los ojillos brillantes, recreándose en las nostalgias del pasado, y, tras dar un sorbito de su vaso largo, continuó diciendo:

-...pero ahora... ahora tengo aquí a la sobrina Lucía... ¡y mira que es guapa la condená!... que va a ser mi socia... -comentó con una sonrisa satisfecha que le remarcaba las grietas de sal de su rostro, poniendo una mano sobre el hombro de Lucía, que confirmaba, algo sorprendida.
-...pero venga ya, tío, dejemos de lado los negocios, porque ahora es el momento de su arte... -dijo por fin, no muy interesada, al parecer, en que aquella asociación se convirtiese en tema de plática.
-Eso, eso... ¿y qué nos va a cantar ahora?... –intervino Florencio, con sinceras y diversas ganas de que el tío Cortina regresara de nuevo al escenario.
-...pues ahora, mira, sobrino... claro, hay que tener sentido de la medida, sabes... mejor cortito, como este güisquito... pues igual con el cante... cortito... con mesura... dando pinceladas... aunque si estuviera aquí mi niña... la Rubí...
Fue en ese momento en que se escucharon ruidos de gritos y risas que provenían de la entrada a la Cueva.
Hacia allá se volvieron los tres a mirar y, tras unos segundos de espera, vieron aparecer, desde la angosta escalera, a Luis Lasanta acompañado de un tipo.
-Mierda... -Lucía bebió de un trago lo que quedaba en su vaso.
-Buenas noches, queridos... -balbuceó Luis al llegar junto a los tres, asidos él y su acompañante el uno al otro, acaso más por no irse al suelo que por otra cosa- ...podemos sentarnos, verdad...
Tras pronunciar estas palabras se afanaron ambos en pillar unas sillas vacías de la mesa contigua, cosa que lograron finalmente, no sin gran enredo y alboroto.
-Ajá... -comenzó Luis, una vez arrellanado desmañadamente junto a Lucía, y observando desde sus ebrias tinieblas al tío Cortina- ... conque de este viejo se trata, eh...
-Luis...
-...¿qué le pasa a este?... –saltó el tío Cortina, al tiempo que hacía un gesto hacia la barra.
Antón llegó ipso facto, no con el trabuco, sí con un bate de beisbol, y, a otra seña del tío, se mantuvo junto a ellos de forma discreta.
El amigo de Luis, que también viajaba por beodas negruras, asistía absorto a la escena, sentado junto a un boquiabierto Florencio.
-...de esta forma... quieres tú... financiar... -Luis articulaba las palabras torpemente, pero con una tozudez de borracho, desde sus ojos de sangre- la organización... de esta manera... crees tú que se... hace la... revolución...
-..Luis...
-...de esta manera... piensas tú... guapa... cambiar el mundo... pues... baja de las nubes, campeona...
-...¡eh! –terció de nuevo el tío Cortina- ¿quién coño se cree éste?... pero ¿quién cojones es este tipo?...
-...me dejas –continuó Luis, sin prestar atención al viejo- en un... mar... de dudas... reina... ¿acaso piensas... cambiar... el mundo... desde un bar de putas?...
Sin necesidad de levantarse, y tras obtener con la mirada el visto bueno del tío Cortina, Lucía soltó un trompazo potente y directo sobre la alucinada cara de Luis, haciéndolo caer hacia atrás sin resistencia alguna, ante el silencio atronador y estupefacto de la sala.

51 - El día después


La luz del mediodía, filtrada por la rejilla del balcón en líneas diagonales, iluminaba levemente el dormitorio, pequeño, repleto de libros, papeles, ropas desperdigadas.

Florencio, incrustado entre las sábanas, abrió un ojo al mundo, y luego otro. Vislumbró la tela cuadrada que colgaba en la pared frente a su cama: representaba, en unos cuantos trazos nerviosos, a una africana cargando con algo sobre la cabeza. Maldijo durante un rato, intentando aclarar los pensamientos adormilados y revueltos. Se levantó con torpeza y maldijo aún más, sin saber todavía exactamente el porqué. Tras enjuagarse la cara, se observó en el espejo. Hizo muecas, y los ojos bien abiertos recibieron su imagen espantada.
Y una buena bofetada de realidad.
Ya nos vemos… Tengo que irme…
Mierda, pensó.
Trastabillando se dirigió a la cocina, pequeña también, con una ventana al fondo desde la que se observaba la entrada a la playa de la Caleta y un poco de mar azul. Sacó una botella de agua fría de la nevera y dio un trago bien largo. Después puso una cafetera al fuego.
Mierda.
En el salón, la estancia más amplia de la casa, se acercó al equipo de música y, tras unos instantes de duda, se decidió por Cello Suites de Bach, interpretado por Pablo Casals.
Se dejó caer en el sofá y la Suite número uno, el cello suave y algo monótono, le acompañó en el descontrolado repaso de la noche anterior.
Y, entre todas las imágenes que se le superponían y mezclaban, distinguió finalmente la de Lucía levantando a Luis con la ayuda de Antón, saliendo ambos después con aquel a cuestas, junto a su tambaleante amigo, de La Cueva del Pájaro Azul.
Y las últimas palabras de Lucía: Ya nos vemos… Tengo que irme.
Mierda.
Tras tomar el café buscó Florencio como un poseso un cigarro por toda la casa, que no encontró.
Reparó entonces en la funda negra de la flauta travesera, en la mesita del salón.
-Mierda. Soy profesor… Debería estar contento –dijo en voz alta.
Pero no lo estaba. Su estado de ánimo se debatía entre el agudo malestar físico y la completa desazón de sus sentimientos.
En su cabeza las palabras, Ya nos vemos… tengo que irme, se repetían hasta la desesperación.
Junto a la mesa y a la funda de la flauta, sobre otra pequeña mesita, se hallaba el ordenador portátil, encendido. Tras este se levantaba un atril, con la partitura abierta de Badinerie de Bach.
Al ver ésta recordó Florencio el blog que había iniciado hacía poco. Sentándose frente al ordenador tecleó en el buscador badineriebach.blogspot.com. Comenzó a escribir.
Al terminar se fijó en una de las entradas anteriores. Era un guión para el programa de radio. Lo imprimió.
Se puso ropa limpia, cogió dinero, el móvil, el papel impreso y salió a la calle.
Un agradable sol de septiembre lo acompañó en su incursión por las callejuelas de La Viña.


52 - La búsqueda

La cervecería en la que entró rebosaba caras risueñas y vocingleras en la soleada mañana de sábado, y Florencio se sentía morir, o estallar.

Fue directo hacia la barra, ocupó un pequeño espacio libre e hizo un nervioso gesto al camarero.
-Una cerveza...–farfulló.
Al momento tuvo que gesticular de nuevo para que le activaran la máquina de tabacos y finalmente, pues parecía haberse vuelto invisible, elevar la voz, que le salió ronca y agrietada.
La televisión sonaba al fondo, con estrépito de coches endiablados.
Con la ruidosa masa frente a él Florencio bebió en silencio, un trago largo, a conciencia, ajeno a toda tertulia o palabrería intrusas, como una isla de quietud en la inmensidad del bullicio.
Abrió la cajetilla y prendió un cigarro, dejando que humo y alcohol lo envolviesen por entero.
Cuando inició la segunda cerveza se decidió a ordenar sus ideas.
Lucía.
Era la única idea que podía ser ordenada, comprendió. El único objetivo inaplazable. Verla.
Y la cuestión se resumía en: ¿qué podía hacer?
-Ir a casa de Luis –se escuchó decir con su voz quebrada, ante las miradas boquiabiertas de quienes le rodeaban.
De hecho –continuó, pensando ya para sí- la mañana anterior olvidó allí su maleta, lo que la convertía a ésta en la excusa perfecta.
Ya en la calle, la decisión tomada, el objetivo evidente, y los dos vasos, le hicieron sentirse mejor.
Caminó a buen ritmo.
Pasó por el Mercado Central, la Plaza de las Flores, Columela y Canalejas. Allí torció a la izquierda y al poco se encontraba ya en la callejuela junto al portal de Luis.
Éste permanecía abierto de par en par. Entró y pulsó el botón de llamada del ascensor. Dentro de éste marcó el tercero y contempló su imagen de espectro alucinado en el espejo. Frente a la puerta blindada respiró profundamente y pulsó el timbre. Esperó. Volvió a pulsar, de forma algo más continua. Esperó. Pulsó de nuevo. Observó que había otra puerta justo en frente a la de Luis y por un momento pensó en preguntar por él a quien viviese allí, pero desechó la idea.
Cuando se disponía a entrar de vuelta en el ascensor para largarse, escuchó cómo alguien abría esa misma puerta en la que había estado pensando.
-Eh, joven...
Una anciana de pelo blanco, pequeña, delgada y arrugadita, se asomaba desde la puerta.
-Venga aquí, tengo algo para usted –indicó, con una voz aguda y también arrugada.
Florencio se acercó hacia la puerta con enorme sorpresa y lentitud, y vio entonces cómo la anciana se perdía en el interior de la casa.
-...pero, vamos, ¡no se quede ahí como un pasmarote! –la oyó gritar.
Y Florencio penetró en aquella morada que, aun teniendo el mismo tamaño y distribución que la de Luis, conformaba un universo diametralmente opuesto y, por lo que aventuraba el fuerte aroma a incienso que la envolvía, cuando menos, inquietante.
La luz era escasa en la estancia, pues el gran ventanal de la derecha además de dar a un callejón sombrío tenía las persianas caídas por la mitad.
En aquel ambiente espeso y en brumas pudo Florencio atisbar que el centro del amplio salón, con el mismo alto techo y las vigas de madera, lo ocupaba una mesa camilla rodeada por cuatro sillas tapizadas, a juego con el desvencijado sofá que se hallaba pegado a la pared. Justo enfrente un aparador de madera, antiguo, en el que sobresalía un gran televisor, también con años, emitiendo silenciosas imágenes de coches endiablados.
Ya más hecho a aquella penumbra observó sobre la mesa camilla un cenicero con colillas, una botella recién abierta de whisky JB y un vaso con dos dedos del licor, un platito con frutos secos, una revista de crucigramas con un lápiz sobre ella y una novela policiaca titulada Los siete crímenes de Perec.
-Siéntese joven –dictó la voz ajada de la anciana, que traía consigo la maleta de Florencio.


53 - La guayabera negra

La vieja se sentó en una de las sillas estampadas, justo frente a Florencio, olvidando la maleta en el suelo y poniendo un vaso largo de cristal, que extrajo de un bolsillo inferior de la guayabera negra que usaba, sobre la mesa camilla.

-Vamos, hijo, acompáñeme... echemos un traguito...
Florencio declinó con un gesto de la mano la invitación e intentó explicar que tan solo quería recobrar la maleta y marcharse, pues tenía prisa, pero la vieja exhibió unos reflejos y una rapidez asombrosos, llenando el vaso por la mitad y encajándoselo en esa misma mano, sin darle opción alguna a rechistar, y proponiendo finalmente un brindis por el purificador incienso, que todo lo sana.
-Esto le trajeron esta mañana temprano... -refirió, tras soltar el vaso, señalando hacia el suelo, donde permanecía la maleta- ...me dijeron que usted vendría...
-¿Luis?...
-...por eso preparé estas copitas... No, a ese no lo vi. Vino la chica... la que anda en trajines con mi marido... -ahora sacó de otro bolsillo una cajetilla de tabaco rubio, ofreciendo uno a Florencio.
-¿Lucía?... –preguntó éste con el corazón explotando en sus ojos, y aceptando el pitillo.
-Sí. Esa...
-Entonces su marido es... -reflexionó Florencio en voz alta, satisfecho al pensar que andaba en el camino correcto para dar con Lucía.
-Literal. El viejo hijo de la gran puta del tío Cortina... -escupió la vieja prendiendo con una cerilla los cigarros de ambos.
Tras ello fumaron y bebieron en silencio, entre las volutas azuladas de humo, mirándose directamente a los ojos, como tratando de descubrir cada uno los pensamientos del otro.
Vista de cerca, a la luz de los fluctuantes reflejos del televisor, la vieja revelaba no serlo tanto, si acaso andar en ciertos excesos, estar atravesando una mala racha, dejándose ir...
Florencio, entusiasmado tras la mención a Lucía, y algo turbado por las reveladoras palabras sobre el marido de la señora, quiso seguir descubriendo cosas, y ahora fue él, cuyo malestar se había diluido bajo los efectos del alcohol y el penetrante efluvio del incienso, quien propuso un nuevo brindis, por el poder esclarecedor del güisqui, improvisó.
Tras chocar los vasos y dar un lento y largo trago la mujer le soltó a bocajarro:
-¿Qué tiene usted que ver con esa gentuza? ...aparte estar colgado como un merluzo por la niña esa de los cojones...
Florencio, pasando por alto la última afirmación, resumió someramente, más aun de lo que ya era en realidad, su relación con Luis, con Lucía e incluso con el tío Cortina.
-...a quien conocí anoche, de refilón...
Tras ello asistió atónito a la narración de la extravagante vieja que, puesta en pie y con el vaso en la mano, bajo aquella enorme camisa caribeña que la hacía parecer un espantapájaros, bajita, canija, nerviosa, dando pasitos cortos que la acercaban y la alejaban de él, le fue refiriendo cómo su matrimonio se había ido a pique...
54 - Una orgullosa dama


...desde que el tío Cortina empezó a verse rodeado de gentes de mala calaña, carcamales, gusanos, chupasangres, escoria, cuando nosotros vivíamos tan templaos con nuestro barecito de “La taberna”, pequeño, pero acogedor, de buen ambiente, usted ya me entiende, y buenas tapas, con el que íbamos tan a gusto, y el tío se echaba sus cantecitos cuando quería, y donde le llamaran, que todavía le llaman, pero tuvieron que aparecer esos... y le engatusaron los cabrones metiéndole pajaritos de colores en la cabeza, ideas maravillosas, locas, disparatás, de riquezas, de fortunas, de grandes haciendas, de dinerales, de una vida por todo lo alto... la que él tuvo cuando joven... que se la pusieron delante de las narices... y claro, la que quería tener otra vez el mu cabrón... con niñatas jóvenes a su gusto y pa elegir... con poderío... y él, como un toro viejo tras los cabestros se había ido largando de a pellizquitos, oliendo coño fresco... vendió nuestro bar, se sacó todos los ahorros y se montó lo del Pájaro Azul, se largó a un apartamento del paseo marítimo... ¿que si con otra?, pues yo no lo sé, pero total, con putas sí que andará... y a mí, que ya me había ido dando de lao de a poquito... ya me tiró del to a la basura... el mu desgraciao... que me partiera un rayo... y aquí me ha dejao, desarmá, y sola, porque mi niña, la Rubí... bueno, la Rubí...

La vieja se apoyó en el televisor encendido, sintiéndose por un momento desfallecer, quedando por unos instantes como ida.
Después, respiró profundamente, metió sus nerviosas manitas en los bolsillos bajos de la guayabera negra y regresó dando sus pasitos hacia la mesa.
-...en este piso que es lo que teníamos pa los tres, el muy cabrón... que es lo único que me ha dejao...-expulsó la vieja, dejándose caer de nuevo en la silla, derrotada, frente a Florencio.
Ahora es éste quien le ofrece un cigarrillo y le acerca la llama del mechero.
-...pero aquí donde me ve, joven, y aunque me esté mal en decirlo a mí, yo soy una mujer de presencia muy aristocrática –prosiguió, con la misma voz arrugada pero elevando ahora su tono, tras expulsar el humo de su cigarrillo imitando, para sorpresa de Florencio, las maneras de una estrella de cine, con expresión estirada y distante, como recobrando un orgullo que se le hubiera escurrido entre sus pasitos y palabras anteriores- una dama, no se vaya usted a equivocar conmigo, de las que no abundan, de las que ya no hay, pero claro...
-...ya, ya, vale, ¿pero y Lucía?, ¿qué sabe de ella?, ¿sabe a dónde ha ido?, ¿dónde puedo encontrarla? –interrumpió Florencio, impaciente con la pausada y delirante dinámica que había tomado la cosa, tan ajena a su objetivo.
La vieja lo miró entonces con grandes ojos, como si lo viera por primera vez en su vida. Parecía exhausta, y permaneció en silencio, dando un buen y largo trago, tras lo cual volvió a posar la mirada fijamente en Florencio.
-...oiga, ándese con cuidado con esa gentuza... La niñata no es de fiar. Y el maricón de enfrente menos... Algo raro se traen... Para mí que son terroristas...

55 -

Florencio reprimió como pudo la carcajada que le explotaba por dentro, y acabó de un enérgico trago lo que quedaba en su vaso, dispuesto a obtener de una vez su maleta y salir de aquel mundo delirante y senil en el que se había visto envuelto.






Decidió agacharse para atrapar él mismo la cartera, pero justo cuando iniciaba el movimiento de descenso vio cómo a la anciana le cambiaban la expresión y el color de la cara, cómo con gran rapidez extraía de uno de los bolsillos superiores de la guayabera negra un mando a distancia y cómo enfocaba éste hacia el televisor para activar el sonido.
Florencio se giró hacia el aparato y contempló embobado aquellas imágenes, recientes, de hacía no más de unas horas, que mostraban al señor mayor de la pasada noche, al cantaor, al tío Cortina, todavía impecablemente vestido, con su flor en la solapa de la chaqueta blanca y con el sombrero, tras el que intentaba infructuosamente ocultar el rostro, y al hombretón de pelo alborotado del trabuco, Antón, sin trabuco, que parecía resistirse y dar gritos al mundo, rodeados ambos por guardias civiles... los dos detenidos han ingresado esta misma mañana de sábado en prisión... saliendo de la Comandancia de Chiclana, en Cádiz... imputados por los presuntos delitos de explotación sexual, blanqueo de capitales y falsedad documental... junto con imágenes de archivo, en las que se mostraban, en panorámicas horizontales, diferentes locales de alterne de carreteras... hasta ahora se ignora el paradero de la mujer y la hija del cantaor y empresario... y, acompañando estas palabras, una foto fija de ésta última.
-...mi Rubí... –acertó a pronunciar la atónita anciana.

56 - ¡Taxi!


La pobre mujer se levantó de nuevo y con los dedos delgados y nerviosos colocó unas lentes sobre su naricilla, acercándose mediante sus cortos pasitos hacia el televisor para, ya junto al aparato, posar una maternal mano sobre la catódica pantalla, sobre aquella foto fija de Rubí.

-...mi Rubí... mi Rubí...-repetía una y otra vez como en trance, incluso cuando la imagen de su hija había desaparecido hacía ya un buen rato del televisor.
Florencio aprovechó la turbación cautiva de la anciana para alcanzar por fin su maleta y escapar sin más de aquel extravío de locura, lo que consiguió corriendo como un poseso escaleras abajo.
Una vez en la calle, resoplando, apoyó la espalda contra una pared y varias cuestiones se le agolparon atropelladamente en el cerebro.
La estupefacción, el delirio, aquel extravío de locos, se dijo, no eran solo cosa de la anciana y de aquella estancia cegada y enrarecida de la que acababa de huir. Todos aquellos sentimientos se hallaban instaurados, inoculados como un virus en su propio ser.
Ignoraba qué hora era, por un lado, y se mostraba incapaz de situarse medianamente, por otro, pues volvía a estar ebrio.
También continuaba sin tener la más mínima idea de cómo ni dónde encontrar a Lucía. Su gran objetivo.
Sacó el móvil del bolsillo y comprobó que eran las cinco y diez de la tarde.
-Mierda... -dijo por enésima vez aquel día.
Cádiz resulta la ciudad perfecta para pasear tranquila y descuidadamente por sus calles, alamedas o playas, pero Florencio entraba inexorablemente en antena a las seis y cuarto y decidió, pues no le quedaba otra, coger un taxi, cosa nada de su agrado.
Dispuesto a no verse sometido por la previsible charla, batería de preguntas, filosofías o disquisiciones del taxista, y así poder reflexionar tranquilamente unos instantes, se sentó en la parte trasera del vehículo.
-A Radio Cádiz, por favor.


57 - La carrera interminable

-¿Qué, ha escuchado lo del Tom Cruise y la Cameron Díaz? –atacó raudo el taxista, escrutando a Florencio por el retrovisor.

-No... no... -acertó a responder este, intentando leer el folio del improvisado guión con el que pensaba realizar el programa de radio.
-...pues ya está confirmado, lo pone el Diario, van a rodar una película en Cádiz... bichita o güichita se llama, o algo así –prosiguió imparable el hombre, y Florencio asentía con la cabeza mientras continuaba repasando aquel escrito, sacado básicamente de un artículo que leyó hacía unas semanas en La Voz de Cádiz.
-...por lo visto van a ser escenas de persecución por las calles del centro... ya ve... la que se va a liar...
Florencio intentaba con desesperación cambiar algunas frases, buscar sinónimos, variar estructuras sintácticas, para que el plagio no resultara tan evidente, pero su estado físico y mental, así como la perorata del incansable conductor no ayudaban mucho.
-...la calle Ancha la van a decorar como si fuera Pamplona, y van a soltar toros y todo... como si se tratara de los san Fermines...
El programa de radio de Florencio consistía en un pequeño espacio de cinco minutos insertado en un magazine vespertino. Se titulaba Nomenclátor, y en él contaba cada sábado la historia, anécdotas, establecimientos y personajes curiosos de una calle de Cádiz. En otras ocasiones Florencio se había documentado por sí mismo, acercándose a la vía en cuestión, hablando con los tenderos y vecinos, así como leyendo todo lo que le fuera de interés. Pero para este sábado toda su información se limitaba a aquel maldito artículo del periódico.
-La calle Arbolí... -se escuchó pensar en voz alta.
-¿Cómo?... No, por ahí no van a pasar... sólo por la calle Ancha y las de alrededor... que digo yo, oiga, ¿que por qué coño no se van a grabar a Pamplona?...
Florencio miraba abrumado el rostro del taxista a través del espejo retrovisor, y lo escuchaba atónito hablar y no parar.
-...¿sabe lo que le digo?... que es que grabar aquí seguro que les sale más barato... si es que no sabemos vendernos... por cuatro perras les va a salir poner todo el centro de Cádiz patas arriba... lo que yo le diga...
Por suerte para Florencio la carrera llegó increíblemente a su fin, y tras abonar la tarifa, pudo perder de vista y de oído al cargante taxista parlanchín.
Y allí estaba ahora.
Frente a la emisora de Radio Cádiz.


58 - En la emisora


Delante de él, hacia un lado y hacia otro, como ráfagas de viento y luz, se sucedían vertiginosos los automóviles frente a su quietud ebria y pasmada.

Las seis menos cuarto, comprobó en el móvil. El semáforo cambió a la luz verde y Florencio cruzó las franjas blancas, dirigiéndose al bar que se hallaba bajo la emisora, con el rostro de Lucía, toda ella en realidad, paseando a sus anchas en su mente.
Justo antes de entrar al establecimiento, sin embargo, el rostro que vislumbró en una de las mesas del fondo fue el de Periáñez, el director del magazine. Su jefe.
Giró sobre sí mismo y encauzó sus pasos hacia la otra manzana, hacia otro lugar, hacia otro bar.
Una vez que halló uno y comprobó que no había nadie en él que pudiera perturbarlo se acercó a la barra pidiendo un café y un trozo de tarta.
Volvió a mirar el folio con el guión.
Al menos tengo señalados los cortes musicales, pensó, con cierto aunque algo ingenuo alivio.
Tras comer con avidez el trozo de tarta, pues no había probado bocado en todo el día, dio un sorbo al café, y comenzó a subrayar un poco a las locas aquello que iba a locutar en unos minutos.
Cuando acabó con esta labor y también con el café, dejó unas monedas sobre la barra y se dirigió por fin hacia la emisora de radio.
La redacción estaba, como siempre a esas horas, vacía. Hizo un par de fotocopias del doblado y desgastado folio del guión y se encaminó a la zona donde se hallaban los tres estudios de la emisora. El número uno estaba al fondo, con sus dos puertas aislantes cerradas. La del estudio de locución y la de la sala de control. Florencio entró en la segunda, donde se hallaba en su puesto, de espaldas a él, Jotajota, el melenudo y campechano técnico de sonido. Al otro lado de la pecera, solo, tras la mesa redonda, con los cascos puestos y la mirada perdida, Periáñez hablaba al micrófono. Florencio no escuchaba nada, pues la línea exterior estaba cerrada. Jota, también con los cascos puestos, le hizo un gesto de saludo con la mano y Florencio le golpeó amigablemente la espalda.
Después se acomodó en una de las sillas que había junto a la pared de atrás, y comenzó a leer en voz baja aquello que había subrayado poco antes.

59 - "Nomenclátor"

Al otro lado de la pecera la melena de Jotajota revoloteaba de un lado a otro, inquieto éste ante aquel papel que tenía por delante.

Periáñez había salido ya del locutorio y Florencio se colocaba los cascos mientras se emitían cuñas publicitarias.
-Tú sólo dale a la música que pone ahí que ya me encargo yo... -quiso tranquilizar Florencio por línea interna al cariacontecido Jota.
-Tú mandas... -respondió este encogiéndose de hombros y dando entrada a lo que tenía escrito:
(Música: Fiesta. Joan Manuel Serrat)
Tras unos instantes en los que Florencio continuó subrayando y haciendo gestos para que Jota mantuviera unos segundos más la música por fin alzó una mano y el piloto rojo se encendió.
Estaba en el aire.
-...una noche más una cita con Nomenclátor, el microprograma... que nos... ...algo más la ciudad en que vivimos, que amamos, y nos interpreta los misterios de las calles en que habitamos...
(Música: Arcangelo Corelli. Ver Disc 3. Corte 14-18. Iniciar 4 seg. Después fondo. Subir-bajar, según indicaciones)
-...ni Sagasta, ni calle Sacramento, ni la propia Avenida... La vía que todo ciudadano sabe dónde está pero que apenas es transitada. «¿Dónde está Arbolí?», pregunta un extranjero a un gaditano en Columela. «Ahí al lado, en Compañía», contesta. «¿Y qué hay de característico en esta vía?», añade el extranjero y el gaditano se queda sin palabras, e invita al turista a tomar una tapa de chocos en el freidor...
Florencio hizo un nervioso gesto en ese instante para que entrase de nuevo la música.
Las letras le bailaban en el folio, el sudor corría por sus sienes y la voz parecía que le fuese a fallar en cualquier momento y por siempre jamás.
-...pero Arbolí es más que un nombre. Es un espacio lleno de recuerdos, sentimientos y descubre el Cádiz más auténtico... un Cádiz que fue creado para evitar que el fuerte viento de Levante molestase a sus ciudadanos... y esta calle es la mejor prueba de esta configuración... desde Compañía hasta San Juan... sólo se ven casapuertas y negocios, algunos cerrados... una escuela de danza, obreros trabajando para edificar nuevas viviendas para jóvenes promovidas por Procasa...
De nuevo otra angustiada señal a Jota.
El móvil estaba sonándole como una maldición en el bolsillo y los nervios consiguieron que la simple operación de cogerlo y apagarlo se convirtiese en una extraña serie de contorsiones que hicieron caer los cascos de su cabeza y a él mismo casi resbalarse de la silla y terminar estampado en el suelo, pero por fin consiguió que el diabólico aparato estuviera sobre la mesa y felizmente apagado.
Nueva señal de paso a un alucinado Jota.
-...sólo entrando en la calle por Compañía se comienza a respirar ese olor añejo de los trabajos tradicionales... la tapicería de Antonio López lleva atendiendo al público desde el año 1956... sofás, sillones, cómodas y escabeles cambian cuando se ponen en mano de Antonio López... en Cádiz ya quedan pocos tapiceros, lo que provoca que todo aquel que demande este servicio acuda a él...
(Volvemos a Corelli y fundimos con Serrat)
-...pues eso es todo por hoy... mañana más...
(Terminamos con Serrat y vamos a publicidad)


60 -

Haría aproximadamente un año que Florencio realizaba aquella pequeña colaboración radiofónica, Nomenclátor, un programita que le hacía gran ilusión y con el que andaba muy feliz. Le surgió tras pasar por un curso para desempleados y caer en gracia, tú tienes madera, tío, a su monitor, un antiguo trabajador de las ondas llamado Periáñez.

Ahora, al quitarse los cascos y encaminarse fuera del estudio, imaginaba sombrío que todo aquello había llegado a su fin.
Periáñez, tal como supuso, le esperaba al fondo del pasillo con gesto serio. Tras sus lentes de cubo y su barba grisácea no parecía esconder precisamente ánimos de broma.
Con un leve movimiento de manos le invitó en silencio a pasar a su despacho.
-¿Has visto cómo está el mundo? –preguntó de forma retórica una vez que hubo tomado asiento tras un amplio y desordenado escritorio, con su voz grave y reposada- Es de locos, tío. A este paso habrá que sacar el dinero del banco.
Florencio andaba aún envuelto en el desbarajuste de los nervios, y en el laberinto de su mente nada de lo que acababa de escuchar cobraba sentido alguno.
-Sí, algo he leído, Eñe –respondió de todas maneras, ocupando una silla frente a su jefe- ¿Te ha gustado? –soltó, impaciente por que ocurriese lo que tuviera que ocurrir.
-Sí, bien, bien, interpretadores de misterios… bien… -balbuceó Periáñez con cierta indiferencia, ofreciéndole un cigarro que Florencio aceptó.
-Bueno –prosiguió aquel mientras se daba lumbre- tío, no es ninguna broma ¿sabes?, lo de la crisis, en serio, la cosa se está jodiendo bien…
-¿Me vas a echar? –cortó Florencio, sin pensárselo, él mismo sorprendido.
-No, mira, hombre. Hasta ahora no he tenido problemas. Eres un colaborador, y la empresa tiene una partida para esos gastos…
El sonido del móvil interrumpió a Periáñez e hizo recordar a Florencio la llamada perdida que a punto estuvo de dar con sus huesos en el suelo del estudio.
-Mierda. Perdón tío. ¿Sí? Dime…
Florencio se removió en la silla, con el temor aleteando sobre sus pensamientos. Sacó el móvil y lo encendió, quedando a la espera de marcar el PIN y de que aquello se inicializase.
El despacho de Periáñez era un enorme caos de libros, papeles, discos y restos de comida. Sin embargo –pensó Florencio- había un algo imperceptible en él que lo dotaba de cierta coherencia. Al fondo, junto a un ventanal desde el que se contemplaba el mar, un enorme equipo compacto emitía la tertulia política que formaba parte del magazine y que se realizaba en Sevilla.
-…El Comité Federal del PSOE ha respaldado hoy sin ningún tipo de fisura la política económica del Gobierno, la prevista subida de impuestos y el liderazgo de José Luis Rodríguez Zapatero, quien ha defendido su 'hoja de ruta' por considerar que el proyecto que defiende tiene un 'rumbo claro'…
-…sí, ya te llamo yo con lo que sea, adiós –Periáñez cortó el móvil y lo colocó sobre la mesa.
- Tío, la cosa va de recortes y más recortes. Se está recortando todo, carajo. No hay dinero… puta liquidez de los cojones...
-Al grano, Eñe –volvió a cortar un Florencio acelerado.
-¿Cuánto te estoy pagando?
-Sabes que trescientos...
-¿Tanto….?


61 - Llamada perdida


-¿Cómo que tanto?

-¿Sabes?, nos sales a setenta y cinco euros el programa, o lo que es lo mismo, a quince euros el minuto... -Periáñez se había puesto en pie y, deslizando su mano como una caricia sobre la madera, fue rodeando lentamente el amplio escritorio, agarró una silla y se sentó justito al lado de Florencio.
-¿Te parece mal?... –cuestionó, con un tono de voz que no gustó nada a este.
-Bueno, no, la verdad...
El viejo locutor le ofreció de nuevo un cigarrillo que aquel rechazó esta vez, quizá un poco a la defensiva ante lo que suponía que se le estaba viniendo encima.
Periáñez encendió su cigarro y, tras dar una profunda calada, miró a Florencio fijamente a los ojos y le expulsó de golpe todo el humo en plena cara.
-Pero ¿qué coño?... –bramó este, apartándose hacia atrás al tiempo que con las manos intentaba quitarse el humo de encima, lo que no impidió que la humareda se filtrase en sus ojos y le hiciera permanecer un rato frotándoselos y sin poder ver absolutamente nada.
Y así, sin alcanzar a vislumbrar la expresión de ira que transmitían aquellas gafas de cubo y las grises barbas de su jefe, sí que escuchó con toda claridad la voz grave y rítmica vocalizando con perfección radiofónica:
-...mira muchacho, que te presentes en la emisora apestando a güisqui tiene su pase, total, una vez es una vez, no ocurre nada... ya que por suerte la radio todavía no retransmite los olores... pero que salgas ahí con toda la poca vergüenza del mundo y te pongas a leer, fatal, por cierto, no más que la copia literal, palabra por palabra, frase por frase, punto por punto, de un artículo de Mayte Huguet de hace dos semanas en La Voz... pero ¿qué te piensas?... ¿que somos tontos?... ¿qué te has creído que es esto, chaval?... estamos en una cadena de emisoras con muchísimos años de historia y de prestigio como para que un mindundi como tú...
-¡Déjalo ya!, ¿vale? –Florencio había recuperado al fin la capacidad de ver, aunque fuese de forma nebulosa y, cogiendo el móvil que estaba sobre la mesa, se levantó y dirigió sus pasos hacia la puerta.
-Me largo, ya no me hacen falta tus malditos trescientos euros... ¿sabes?... Tengo trabajo... soy profesor... así que no voy a aguantar ningún discursito...
-Eh... oye... ¡vuelve aquí!...
Pero Florencio corría ya escaleras abajo, con la sensación de estar inmerso en una pesadilla que no hacía más que complicarse a cada paso que daba.
Tras caminar sin rumbo por las calles, en tinieblas para su mirada, llegó a un pequeño parque y se sentó en un banco.
Miró el móvil. La pantalla continuaba pidiéndole que marcase el número PIN, cosa que hizo. Al poco una vibración le llevó a fijar su atención de nuevo en el aparato, que ahora le informaba de la llamada perdida.
-Alicia...

62 - Coincidencias fatales

-Floren, por favor, tengo que verte… es importante… ven a casa… es en Arbolí catorce… llama al primero A… -escuchó él con boquiabierta atención la voz grabada de Alicia en el mensaje de voz.

¡Mierda!, pensó, alejando lo más posible de sí el aparato y pulsando con un dedo inquieto la tecla que cortaba aquello, pues las casualidades, precisamente, no eran algo que lo tranquilizasen.
Y lo de la calle de Alicia era una bomba de casualidad.
Oscuras, vagas y también cercanas sensaciones se ensañaron por completo con él, sentado a solas en el banco, hasta que al poco toda esa confusión mental pudo concretarse en una aclaratoria y grata certeza: Alicia podría informarle de Lucía, de su dirección, de su teléfono… de su... algo.
Se dirigió con ánimos renovados hacia el Paseo marítimo en busca de una parada de autobús, rechazada de plano la simple posibilidad de volvérselas a ver con algún cargante taxista.
Una vez en el bus comprobó que se hallaba casi vacío, línea siete, y Florencio pudo sentarse tranquilamente al fondo y contemplar por la ventanilla la grandeza del océano Atlántico.
Sus reflexiones, sin embargo, no pudieron alejarse de Alicia y las coincidencias.
No es que él hubiera sufrido en su propio ser alguna casualidad fatal, pero, lo que resultaba ser cierto, con precisión indudable, es que Florencio había estado leyendo sobre ello las últimas semanas, antes de que lo llamaran para ser profesor, y eso no dejaba de ser otra inquietante coincidencia.
La visión oceánica no pudo evitar que se viese enredado por los recuerdos de las recién leídas famosas dieciocho coincidencias históricas que se dieron entre los expresidentes americanos Abraham Lincoln y John Kennedy y de tal manera se incrustó como algo pernicioso en su mente el hecho de que una semana antes de ser asesinado Lincoln había estado en Monroe, Maryland, y Kennedy por su parte había pasado tal semana con Marilyn Monroe, o la situación también cierta, por lo leído, de que Lincoln fuera frito a balazos en el teatro Ford, y John Kennedy lo fuese en una limousine Lincoln, producida en cadena por la Ford, fábrica en la que supuestamente circulaba la creencia según la cual no hay muerte de estrella famosa que no venga acompañada de dos óbitos más, instantáneos o inminentes, de afamados. Tal creencia, según Díaz Gil, comenzaría un veintitrés de abril de 1616, día oficioso de la muerte de Shakespeare, el Inca Garcilaso de la Vega y Cervantes, cosa nimia si se pensaba, como hacía Florencio en ese mismo instante, que un hombre llamado Sonny Graham recibió un corazón de otro, Terry Cottle, el cual se había suicidado, y que años después aquel se quitaría la vida de la misma manera que este, y que lo peor del caso resultara acaso ser que Graham se había casado, sin conocer ninguno de los dos este detalle, con la viuda del donante, Cheryl, que se vio en la fatal casualidad de tener que velar en momentos distantes a dos hombres distintos y por el mismo tipo de muerte y, al fin, también, con idéntico corazón.
En estos bárbaros pensamientos se hallaba Florencio, ya en la calle Arbolí, cuando comprobó con gran nervio que el número catorce se hallaba justo enfrente de la tapicería de Antonio López…

63 - La sorpresa (I)

…y justo al lado del número catorce de Arbolí, la Taberna La Sorpresa.

Ese nuevo detalle hizo sonreír a Florencio que, comprobando que sólo eran las siete y cinco, decidió templar los nervios y reflexionar en el interior de aquel lugar.
El aroma a finos, olorosos y manzanillas impregnaba la pequeña taberna, en cuyas paredes antiguos carteles de corridas de toros y amarillentas fotocopias con noticias del Diario, alineaciones históricas y fotos de ascensos del Cádiz, componían una decoración de claro abolengo gaditano.
Tras la pequeña y antigua barra de muro y tapa de zinc se mostraban unos grandes toneles con pinta de centenarios y, entre ellos y la barra, un señor de unos setenta años, se mostraba con el pelo cano y gafas de varias dioptrías.
-¿Qué va a ser?
Florencio pidió una manzanilla pensando que de perdidos al río, mientras observaba con detenida indiferencia las paredes del local.
En sus pensamientos a lo que en realidad mascaba y le daba vueltas era a la propia Alicia.
¿Quién era?.
La otra noche –¡se le hacían siglos de aquello, y aún no habían pasado veinticuatro horas!- la chica se marchó ante la presencia de Lucía, huyendo como un perrillo asustado, cuando justo antes le había propuesto entre grandes sonrisas ir a su casa.
¡Ir a su casa!
“Podríamos celebrarlo en mi casa, sería casi una forma de inaugurarla…”
Eso había dicho.
No podía creerlo. Allí estaba, junto a su casa.
Lo sencillo que habría sido todo, se dijo.
En cambio, su vida se había convertido en una estúpida locura en forma de laberinto ebrio, cuando -pensó, observando cómo el hombre cano de las dioptrías servía un oloroso a un anciano parroquiano- con su flamante trabajo las cosas deberían haber ido a mejor: habría llamado a su familia y sería una persona feliz, y apaciguada.
Y placentero, se dijo, volviendo de pronto al recuerdo de la nocturna propuesta de Alicia, pues no dejaba de ser una chica atractiva.
Una chica de la que, por otra parte, sabía poca cosa. Que le gustaba cómo hacía sonar la travesera. Que siempre pasaba a verlo en su esquina de San Francisco. Que había estado en Oviedo de vacaciones. Que conocía a Lucía. Que no podían verse la una a la otra. Que algún oscuro miedo le hacía huir de Lucía.
Lucía. Lucía. Lucía.
Y que, era evidente, la casi desconocida chica que no dejaba de ser atractiva insistía en sus intenciones.






























































 

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PRIMER PASO: El viaje de Badián. (Entregas 1-20)

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I - En la sala.

La sala era amplia, funcional, de paredes blancas y cuadros anodinos. Badián Parra permanecía silencioso y prudente en un rincón, a la espera de que algún doctor o similar le aclarase qué hacía allí.


Sentado junto a unos anaqueles repletos de revistas del corazón, juegos de mesa y unos pocos libros en desuso, alcanzó una de aquéllas y simuló leerla. Al otro lado, arrellanados sobre un sofá y cuatro sillones de un escay rajado, los demás ocupantes de la sala, todos hombres, gritaban y hacían aspavientos frente a un televisor. Retransmitían un partido de fútbol de enorme trascendencia, o al menos eso creyó Badián observando mudo desde su revista a los que habrían de ser sus compañeros de internamiento. Finalmente sabría por uno de ellos que se trataba de un amistoso sin mayor importancia. Aquí todo se magnifica, le diría el que llamaban Tasca.
Badián permanecía paciente en su rincón mientras en su mente una laguna enfangada de imágenes sin sentido le impedía recordar lo sucedido los dos últimos días de sus dieciocho años de existencia. Se recordaba, eso sí, saliendo de Barcelona con infinita alegría en el auto de unos amigos que se dirigían a Madrid. Tras pasar noche en la capital se veía despidiéndose de aquellos y embarcando en el AVE hacia Sevilla, ya en solitario. Una vez en la estación de Santa Justa -ahora se preguntaba a cuenta de qué- podía contemplarse conversando con un grupo de rumanos alrededor de unos litros de cerveza.
Y era ahí donde se iniciaba el nebuloso vacío.


2 - Rubí

Hallándose inmerso Badián en esta silenciosa estupefacción hizo su entrada en la sala -llegando desde un balcón que hasta entonces le había pasado desapercibido- una jovenzuela hermosa que pobló de risas, piropos y complacencia venérea a todos los presentes, haciéndoles olvidar por completo los puntuales pormenores del deporte rey.
La joven se llamaba Rubí, lucía unas faldas cortísimas, y reía y cantaba todo el tiempo, como comprobaría más adelante Badián, rumbitas y flamenco la mayor de las veces. Animada por la entregada concurrencia se arrancó por unas bulerías de Camarón. Tirititando de frío bailaban cuatro gitanas por la orillita de un río, cantaba, y los demás la palmeaban y jaleaban con arrebato desmedido. Nada importaba que su afinación fuese decididamente defectuosa. Era, salvo las enfermeras, la única presencia femenina en aquel lugar. Al compás de mi guitarra canto alegre este huapango, y acompañaba el cante de un baile particular, repleto de giros sobre sí misma en los que mostraba generosamente parte de sus encantos, velados en una diminuta prenda interior, y sugerentes movimientos de caderas de alto calibre sexual. Todo ello lo remataba al final clavando una rodilla en tierra y abriendo los brazos de par en par, la vida, la vida, la vida es… es un contratiempo… los senos a punto de la explosión y la larga y negra cabellera cayendo sobre sus hombros desnudos.
Entonces el respetable aplaudía y echaba humo por todos los poros, los rostros encendidos en brasas de lujuria.
Badián, olvidando la revista sobre la mesa, había asistido al inicio del espectáculo entre sorprendido e incrédulo, pero pronto se dejó llevar por la exaltada belleza de la joven.
Ella se levantó finalmente bellísima, feliz en ser el centro de todas las babeantes miradas, y repartió besos y guiños saltarines a la tropa. Cuando se percató de la presencia de Badián su rostro expresó cierto desagrado por un instante. Forzando su habitual sonrisa se acercó hacia él y le ofreció un educado hola, ¿cómo te llamas?
-Badián.
-¡Qué nombre más raro! -rió nerviosamente Rubí- Pues bueno, ya nos vemos –zanjó sin más, y regresó hacia los demás sin otorgarle beso ni guiño alguno.
A Badián le pareció bien esta indiferencia, pues lo último que deseaba era convertirse en el centro de atención de aquel grupo y someterse con toda seguridad a dios sabía qué retahíla de curiosidades.
Y el grupo continuaba festejando con lisonjas y arrumacos varios a la muchacha cuando apareció por la puerta como una hecatombe en sordina la enfermera-jefe.


3 - Madame Clora


El silencio impregnó la estancia desde el momento mismo de la aparición de la enfermera-jefe, las palmas y risas se diluyeron tras los sillones y el televisor fue apagado con insólita celeridad.
Madame Clora, que así se la conocía, era una mujer corpulenta, oscura en sus pensamientos y soberbia en el carácter. De rostro abotargado y altivo empujaba ahora con aire desdeñoso un carrito con botellitas de zumo y unos vasos de plástico con pastillas de diferentes colores en su interior. Llamando por su nombre a cada uno de los enfermos les fue dispensando su medicación. Uno tras otro recibían y tomaban sus respectivas píldoras, tras lo cual se dirigían en callada procesión a sus habitaciones. Badián fue el último. Asombrado ante el efecto devastador de aquella presencia en los hasta hacía un soplo felices alborotadores y viendo el porte de la misma prefirió postergar sus preguntas para un momento más propicio.
Madame Clora le puso en la mano un comprimido de color rojo, que él tomó sin rechistar ayudado por un trago de zumo de naranja, mientras la enorme mujer clavaba sus envanecidos ojos en él. La expresión de la enfermera jefe parecía traslucir un interés obsceno que el joven decidió pasar por alto. Como si nada dijo adiós y dirigió sus pasos hacia su habitación. Durante todo el trayecto a lo largo del mortecino corredor sintió aquellos ojos de baba recorrer en deseo su cuerpo, pues, aunque Badián era de rostro escandaloso en su fealdad, como se verá en adelante, lucía en cambio una figura acostumbrada a provocar turbadoras atracciones a su alrededor. Por fin dobló a la derecha y se introdujo en la habitación número 10, recordando entonces que no compartía ésta con nadie. Maldijo tal circunstancia. Con las alarmas encendidas se desnudó e introdujo en la cama, temeroso ante la posible aparición de la sanitaria. Por suerte, no sucedió nada y se durmió al instante.


4 - De espejos, deseos, terapias y tipejos

Cuando despertó -el mundo sumido en la difusa línea que anuncia el amanecer- sus pasos le dirigieron oscilando al pequeño baño de la habitación: los efectos de la píldora nocturna aún se dejaban notar. Recomponiendo vagamente los sucesos de la noche anterior, y ubicando entre bostezos las piezas de lo real en su sitio, sus manos humedecidas fueron recorriendo lentamente el rostro soñoliento frente al espejo.
Aquel rostro de siempre deforme, capricho genético y terrible de la naturaleza que esculpió aquellas facciones extremas, los desequilibrios imposibles, picassianos, decían algunos, aquel semblante burlesco. Y fue surcando, como tantas otras mañanas, con las yemas la piel ruda, anacrónica, aquella fealdad feroz de sus infortunios.
Entonces, mirándose fijamente al otro lado, expulsó:
-Badián Parra nació en la ciudad de Barcelona el veintiuno de setiembre, día de San Mateo y san Pánfilo, el año de mil novecientos noventa y uno.
Tras rebotar graves y huecas las palabras en las baldosas inmutables, las continuó repitiendo en su mente de forma circular, sin solución de continuidad, al tiempo que dejaba el pijama y los slips sobre una banqueta y se adentraba desnudo en el baño.
El brote suave y cálido de la ducha sobre su cuerpo silenció el encadenamiento de palabras y trasladó con levedad sus pensamientos hacia el recuerdo de la asombrosa danza nocturna de Rubí.
La imagen esplendorosa de la joven fue entonces objeto de toda su atención, fantaseando en su íntimo desvarío con escaramuzas amorosas en las que la alegre muchacha se entregaba a los juegos carnales de sus deseos más recónditos y furtivos, pero a poco aquella evocación de Rubí fue distorsionándose de manera casi imperceptible mientras él se aplicaba atávico a la labor necesaria, hasta desaparecer ella por completo, y conformarse en su lugar y con tremenda nitidez -para su espanto- la presencia aceitosa de Madame Clora sobre su entrepierna.
Una explosión anticipada y traumática hizo de él un gusarapo hundido en la bañera, respirando a boqueadas húmedas.



Ya después, recobrándose aún de la perturbadora experiencia solitaria, esperaba ansioso Badián en su habitación que algo sucediera, que alguien le aclarase su, cuando menos, confusa condición hospitalaria. Que le trajeran, en fin, sus cosas, sus prendas, su maleta, su teléfono móvil.
Al poco llamaron a la puerta.
Una enfermera aséptica y distante traía su ropa lavada y planchada, y un gotero con suero para él. Sobre las once pasará la doctora, le informó, sin mirarle a los ojos, mientras soltaba las prendas sobre la cama y conectaba el dosificador a su vena.
¿Me acerca esa libreta?, solicitó entrecortado Badián, y así lo hizo ella, con la vista clavada en el objeto, sin concederle a él una mínima ojeada, y después desapareció.
Comenzó entonces Badián a escribir en el cuaderno aquellas palabras que había vuelto a repetir maquinalmente en su mente. Las anotaba una y otra vez, de forma también circular y aparentemente obsesiva.
Mas no era aquello una obsesión, o al menos, no un capricho adolescente y baladí, no un juego sin sentido.
Se trataba de una labor de la que había oído hablar hacía años, no recordaba ni a quién ni en qué manera, quizás a un visionario callejero, o acaso a un exitoso autor de libros de autoayuda, o podría deberse a los consejos de alguna amistad preclara, o tal vez a las palabras de una arpía televisiva y alucinada, imposible saberlo ya, una labor, en fin, empleada como método para sortear las ideas aciagas, los pensamientos destructivos, la parte oscura.
Y a Badián Parra le acosaban éstos implacables y de forma crónica desde que tenía uso de razón, causados sin duda por el odio despiadado engendrado y alimentado hacia su propio rostro, y los consiguientes trastornos que lo habían acompañado en el transcurrir de sus días.
Badián hizo suya esta práctica, y era desde aquellos tiempos su modo de proceder para ahuyentar las tendencias negativas.
Podía concentrarse por ejemplo en la descripción exhaustiva de un bello cuerpo de mujer, ya fuese vestido o desnudado, recordar con todo pormenor los movimientos y acciones que ejecutó en horas, días o meses anteriores, también repasar muebles, objetos o detalles de cualquier espacio o vivienda, enumerar los quehaceres que habría de realizar a lo largo de una jornada o recitar sin olvido algún poema de Benedetti o Ángel González.
Mas en el momento de confusión absoluto en que se hallaba no se le habían ocurrido mejores palabras para concentrarse que aquellas de su nacimiento.
Encontrándose pues sumergido en la terapéutica y redundante labor apareció en la habitación uno de los apasionados del fútbol y de Rubí de la noche anterior.
¿Cómo andas?, le dijo con una voz cascada, delatora de viejas aguardentías. ¿Todo bien? Y Badián, saliendo de su abstracción, asintió con la cabeza, preguntándose qué carajo querría aquel tipejo.


Era un hombre de unos cincuenta años, quizás algunos más, alargado, de una delgadez extrema, cabello y mostacho canos y una piel arrugada, como de cartón.
-¡Coño, sí que eres bien feo joputa! Otro más para el club –hablaba y reía y tosía, casi todo al mismo tiempo.
-Claro que tú, tú serás el jefe, mamón, qué digo el jefe, el papa de los papas de los repapas de los más feos del mundo entero, cabrón –y volvía a soltar una carcajada ronca y ruda, que le llevaba a toser penosamente.
-¿Tienes un cigarro? –interrogaba al cabo, recuperado de la convulsión.
Badián, en silencio todo el tiempo, ocultando el cuaderno bajo sus brazos, negó con la cabeza.
-Mierda… en fin, ¿y tú qué?, ¿eres mudo o qué? ¡Di algo, carajo!
-Sí… ya... ¿cómo acabó el partido? -formuló lacónico Badián.
-¿El partido? Bah. Y yo qué sé. Era una mierda de amistoso, no valía un carajo, lo que pasa es que aquí se mag-ni-fi-ca todo -respondió el hombre, subrayando intencionadamente aquellas sílabas de su gran palabra del día.
-Por cierto, chaval, llámame Tasca –demandó, ofreciéndole la mano, que Badián estrechó con fuerza, como le habían enseñado desde bien niño.
-Tú eres Badián, ¿verdad? –y Badián lo confirmó en silencio- Te escuché anoche decírselo a la niña… ah… la niña... –musitaba ahora el Tasca, con una expresión bobalicona y cómplice.
-...anda, cagón, ¿a que está buena la Rubí?, ¿verdad?, ya te la habrás cascado pensando en ella, seguro que sí.... porque, oye, ¿y tú qué edad tienes?
-Veinte –mintió Badián.
-Vaya, joder, me cago en los muertos. Badián, Badián, Badián, pues sí que tienes un nombre raro, coño –y diciendo estas palabras se esfumó por donde vino, dándole vueltas al extraño nombre.



5 - La doctora Bermejo


La doctora se presentó a las once, tal como había anunciado la enfermera. No usaba bata ni atavío alguno que la identificase como tal. Vestía una camisa de tela celeste y unos pantalones vaqueros, muy ceñidas ambas prendas a un cuerpo espigado y resultón. Sobre el bolsillo de la camisa sí llevaba prendida una pequeña placa identificativa donde podía leerse: Dra. Clara Bermejo Gisbert, Colegiado 3934, Sevilla.
Era una mujer de unos cuarenta años, de una belleza vaporosa y serena que reflejaba una vida ejercitada sin demasiados sobresaltos, una existencia en la que los proyectos se habían ido cumpliendo en los plazos correspondientes, fruto de un carácter esforzado y perseverante.
-Buenos días, señor Parra –saludó, con una sonrisa profesional- veo que se encuentra bastante recuperado, ¿no es así?
-Badián Parra nació en la ciudad de Barcelona el día veintiuno de setiembre, día de San Mateo y San Pánfilo… –soltó irremediablemente Badián.
-Vaya, no está mal como información, pero ¿y eso de hablar en tercera persona?
-Tengo problemas de comunicación.
-Ya veo. En fin, Badián, ¿me permites que te tutee, verdad? Correcto. Mira, primero te informaré de las circunstancias de tu llegada al centro. Después veremos cómo están las cosas ahora, y qué podemos hacer, ¿de acuerdo? Me imagino que no recuerdas nada de cómo llegaste hasta aquí ¿no es así?
-Nada –contestó Badián, mirando entre avergonzado y con embeleso a la doctora Bermejo.


Así pudo conocer Badián cómo dos noches atrás, a eso de las once, hora en la que el centro ya se encuentra cerrado al exterior, una de las enfermeras de guardia escuchó fuertes golpes y voces provenientes de la entrada principal de la clínica. Alarmada, avisó rauda a la otra compañera de vigilancia y las dos se dirigieron cautelosas al lugar del que continuaban llegando ruidos, que una vez estuvieron junto a la puerta parecieron desvanecerse de pronto. Laura, la más joven, abrió una pequeña portezuela situada a la altura de los ojos y examinó el exterior. Hay un joven tirado en el césped, comunicó con inquietud a su compañera Águeda. Vamos a ver qué le ocurre, contestó ésta. No sin recelo franquearon la entrada y, al tiempo que Laura se acercaba al joven, Águeda echó una ojeada al descampado que rodeaba el edificio, viendo entonces cómo un coche se alejaba en la oscuridad con las luces apagadas. No sé por qué hacemos esto, cualquier día nos llevamos un disgusto, protestó Águeda acercándose a su compañera.
-Son unos cabrones, unos cabrones, -mascullaba con voz fangosa el joven, al tiempo que intentaba incorporarse, cosa que no consiguió debido al lamentable cuadro etílico que presentaba.
Entre las dos y con gran esfuerzo introdujeron el metro ochenta y los setenta y cinco kilos de embriagada lozanía en el interior y los recostaron en un banco.
-¿Has visto esa cara? -inquirió atónita Laura.
-Vaya monstruosidad -sustantivó Águeda echando el cerrojo a la entrada- Aunque tiene un cuerpo que quita el hipo -concluyó. -¡Me han robado esos hijos de puta! -clamaba turbiamente el beodo Badián.


6 - Así están las cosas...

-¿Recuerdas algo más?
Badián volvió a negar con la cabeza.
-Bien. En todo caso, y sea lo que fuese lo que te ocurrió, que para el caso nos da igual, puedes dar gracias de que te trajeran aquí. Estabas muy mal, chico. Por otra parte te recordaré que ayer lo pasaste en cama y no comiste nada. Por la noche te dejaste ver por la sala del televisor y te administramos un somnífero para que descansaras sin sobresaltos. Toma, esto es tuyo.
La doctora Bermejo le acercó a Badián su carnet de identidad y le informó tras ello de qué tipo de centro era aquel y de que necesitaba su permiso por escrito para iniciar un tratamiento de desintoxicación, si es que ese era finalmente su propósito.
-¿Quieres que nos pongamos en contacto con algún familiar?
Badián rechazó con rápidos movimientos de cabeza.
-¿¡Y mi dinero!?, ¿¡y mi maleta!?, ¿¡y mi móvil!? –las preguntas reventaron de pronto en el aire apacible de la habitación, como si un globo de miedo hubiera estallado en el interior de Badián.
-Te hemos dado todo lo que había en tu poder cuando te recogimos. El carnet y la ropa. No tenías más. Así que ahora piénsate tranquilo lo que te he dicho. Aquí dejo el formulario.


7 - Hacia el comedor...

Badián Parra siempre se había visto a sí mismo como un desatino de la naturaleza, un renglón bien retorcido, una pifia divina. Y probablemente lo fuera. Al menos en lo tocante al aspecto físico de su rostro, como ya hemos podido comprobar, y también a una mente, digamos, algo particular, quizás insólita, desarrollada con enraizada y tenaz naturalidad junto a ese revés de su fisonomía.
Pero a pesar de ello, o precisamente por ello, cuando sus instintos oscuros y destructivos se lo permitían, o si acaso su nemotécnica terapia funcionaba, se mostraba definitivamente determinado a sacarle la mayor ganancia a su existencia. A no malograr el más mínimo asidero que ésta le brindara.
Y para ello Badián se atenía a los patrones clásicos, y así, la conjunción de las tres palabras mágicas conformaría por siempre la omnipresente finalidad de su incógnito porvenir.
Esta era pues su elemental filosofía de la vida a sus recién cumplidos dieciocho años, que él mismo definiría en las posteriores sesiones con la doctora Bermejo como un cúmulo de irregularidades, contradicciones e inconsecuencias existenciales, salpicadas de instantes gloriosos envueltos en ciertas aproximaciones a la belleza y a los gozos efímeros, todo ello anidando junto a unos padres igualmente irregulares, contradictorios e inconsecuentes, irrigados ellos con memorable tesón en procurar a su único vástago soplos de ternura, tolerancia y comprensión.
El acontecimiento de la mayoría de edad le había permitido tres días atrás abandonar felizmente, como ya vimos, la casa de sus progenitores en Barcelona, con la intención insensata de encontrarse, en la otra punta del país, con su amigo Cúter, quien le había hablado de una azarosa posibilidad de trabajo.
Resulta obvio que la puesta en práctica de los planes de Badián había comenzado con mal pie. Y que lo único cierto y tangible de aquellas oscuras peripecias (que aún él mismo no alcanzaba a explicarse, pues nunca antes se le fueron la mano y la cabeza de tal manera) era su estancia en la especie de hospicio o clínica benéfica que ahora lo acogía.
Y, no menos cierto y tangible era también, que en este pequeño e inquietante cosmos lo creían un enfermo, que él desde luego pensaba no ser.
Mas necesitaba ganar tiempo. Lo había perdido todo. No tenía dinero, sitio a dónde ir, nadie a quién llamar.
Así pues, recogió decidido aquel documento que descansaba sobre el lecho y le estampó la firma y rúbrica que autorizaban a la doctora Bermejo a iniciar con él aquel tratamiento de desintoxicación.
El horario de comidas lo leyó Badián en un viejo papel fijado a la puerta de la habitación con dos tiras de papel adherente. Hacía dos días que no probaba bocado.
Desayuno a las ocho, almuerzo a las dos y cena a las diez, leyó para sí.
Todas tenían lugar en una sala de la planta baja, guarnecida de frigorífico, un mueble antiguo con vasos, platos y cubiertos, una pequeña mesa donde se servía a cada cual la pitanza y otras dos más grandes con sillas para diez personas.
Cuando apareció Badián a eso de las dos y algo ya todos los comensales se hallaban sentados a la mesa y almorzaban animadamente.


8 - Falta de melanina.


Una de las mesas se hallaba completa y en ella observó a Rubí, riendo y devorando a un tiempo. En la otra, con dos sillas libres, era el Tasca quien llevaba la voz cantante.
Badián se acercó a la mesita en la que la enfermera aséptica esperaba junto a una gran olla y una fuente de ensalada.
-Coja su plato y cubiertos –indicó, fijando su mirada en el mueble de madera.
Badián fue allí y regresó con un plato hondo, cuchara y cuchillo, y los colocó sobre la mesita.
La enfermera aséptica, a la que Badián –observándola ahora con mayor detenimiento- achacó cierta falta de melanina, le sirvió entonces en el plato dos cazos de puchero y le inquirió si tomaría ensalada. Badián contestó que no y se acercó con su plato y cubiertos a la mesa del Tasca, que le había hecho un gesto para ello anteriormente.
Allí comió con apetito y pudo escuchar a unos y a otros. Sobre él mismo no tuvo por qué preocuparse, ya que, aparte las bromas del Tasca sobre su bella cara, nadie estaba interesado en inmiscuirse en la privacidad de los demás, a no ser que uno mismo quisiera hacerlos partícipes de ella. Era una especie de ley no escrita, aunque como comprobaría Badián al momento, casi todos acababan confiando sus cuitas a los otros, se podría decir poco más o menos que por pura necesidad.
Así pudo hacerse una idea, que se iría completando en días sucesivos, acerca de los tres compañeros de mesa.


9 - Zoe

-Aquí estarás como un rey, chaval –fueron las palabras con que el Tasca recibió a Badián.
-No tengas miedo de estos cabrones. Son todos unos jodidos enganchaos. Pero son buena gente, ya verás. Tú estate tranquilo. Además, este lugar es como una cáp-su-la –subrayó el Tasca, según costumbre, las sílabas de su palabra importante.
-Cuando estés fuera nada de esto habrá pasado. Nada. Esta jodida mierda no importa un carajo. Lo que importa está fuera… pero, bah, qué cojones... Te presentaré a estos dos.
A su lado se sentaba Zoe -¿no era ese un nombre de mujer?, se preguntó Badián- un joven que combinaba en su porte el cuero de los roquers con la cabeza rapada de los skins, lo que producía de entrada un efecto algo turbador. Soy de Granada, indicó mientras mojaba un trozo de pan en el caldo de su plato. Lucía unos pequeños aretes en la nariz, unas orejas ribeteadas de piezas metálicas y mostraba con orgullo unos poderosos brazos tatuados con motivos satánicos. Tendría unos veinticinco años y su gran afición eran los juegos de magia, según confesó de inmediato a Badián. También le describió con desparpajo y gran detalle el quiosco de tabaco y chucherías que manejaba en su barrio, y que se había convertido en centro neurálgico de camellos y enganchados, lo que le facilitaba enormemente su acceso al polvo blanco, aseguraba.
-De calidad, ¿sabes?, que yo no me meto cualquier cosa… -apuntó, pasando la servilleta de papel sobre sus labios.
Era Zoe un hablador empedernido y ello lo llevaba a contradecirse varias veces a lo largo de una misma conversación, como comprobaría Badián más adelante.
Tras haberle presentado al joven granadino el Tasca hizo lo propio con don Jenaro, sentado justo frente a Badián.


10 - El ángel de la guarda

Todos llamaban así a este abogado de unos cincuenta años, de semblante serio y aspecto impoluto, que lo había sido de renombre hasta que su afición excesiva a las mujeres y a las copas comenzó a ser conocida por todo Sevilla, incluidos sus afamados clientes.
Ahora pasaba temporadas en la clínica, y, cuando regresaba al mundo exterior, regentaba junto a su nueva compañera -pues el escándalo lo había conducido sin remedio a un tortuoso divorcio- un local de alterne al que llevaba también los asuntos administrativos.
-Un placer –dijo don Jenaro, acercando una mano extendida a Badián, que la estrechó con fuerza- Espero sea de su agrado la estancia en nuestro hogar –concluyó, amable desde su impecable traje, esbozando una leve sonrisa.
-¡Pásame la sal! –resonó entonces la voz rota del Tasca, que presidía la mesa.
Curiosamente era el Tasca uno de los más comedidos al hablar de sí mismo, y cuando lo hacía era difícil discernir entre lo real y lo fantástico.
De él se decía –según oiría Badián más adelante- que se había pasado cinco años sin probar una gota de alcohol, y que había recaído brutalmente hacía unos seis meses, por un turbio asunto de faldas.
Al coger el tarrito de la sal vio Badián, llegando desde la otra mesa, a la enfermera escasa en melanina, que traía en sus manos unos vasitos de plástico con el nombre de cada paciente escrito en él. El suyo aún permanecía innominado, observó. Cuando la enfermera lo colocó en la mesa delante de él pudo ver que dentro albergaba tres pastillas.
-¿Qué es esto? –preguntó sin pensarlo.
-Tómalas –dijo secamente la enfermera, regresando a la mesa de la intendencia.
-Déjame ver –terció el Tasca, echando un vistazo a las pastillas destinadas a Badián.
-La blanca pequeñita es para los nervios, para el mono, ¿sabes?, esa de dos colores hará que no te me pongas triste, y la más gorda es para que no se te ocurra beber ni una gota, guapo –explicó, soltando tras sus palabras una tremenda y agrietada carcajada.
Badián no supo qué hacer al pronto, y prosiguió su almuerzo como si nada. Pero apenas tardaría segundos en decidir simular que tomaba aquellas pastillas, sin hacerlo.
Creyó sin dudas que era lo más conveniente, pues en realidad no las necesitaba. Pensó entonces mantenerlas bajo la lengua, y deshacerse de ellas discretamente en cuanto hubiese ocasión.
Hizo lo primero sin dificultad, pero un inesperado y seco golpe del Tasca en pleno centro de su espalda -mientras con su otra gran mano rugosa le taponaba la boca- consiguió que las pastillas se encaminaran sin remedio hacia su estómago.
-¡Venga, cabrón, que a mí no me la das, joder! ¡Aquí voy a ser yo tu angelito de la guarda, bellezón! ¡Tú aquí te curas! ¡Por mis muertos! –exclamó aquel, realizando al tiempo un sonoro gesto de juramento.
Badián quedó perplejo, con el rostro demudado, clavando sus ojos con una mezcla de ira y temor en los del Tasca.
-Ya se te pasará. Anda, termínate eso –dijo éste, levantándose de la mesa.
Badián permaneció entonces en silencio y, durante unos instantes, se mantuvo quedo, como ido.
Al fin terminó con prisas su ración y, tal como vio hacer a los demás, echó las sobras en un cubo, puso el plato y los cubiertos en el interior de una palangana que estaba sobre el mueble, y de una fuente con frutas cogió una manzana.
Salió de allí mordisqueando, dispuesto a olvidar el incidente de las pastillas y a dar un paseo esclarecedor por el edificio.


En su excursión se topó en principio con las oficinas del centro, también en la planta baja.
Tras una cristalera con una ventanilla cerrada –en la que un pequeño cartelito informaba que el horario de oficina era de nueve a tres- dos señoritas administrativas con aspecto de señoritas administrativas tecleaban absortas frente a sus pantallas de ordenador. Tras ellas se abría una puerta con la palabra dirección escrita en mayúsculas sobre el dintel. Allí vio a la doctora Bermejo conversando plácidamente con un señor mayor de pelo cano con apariencia de buen hombre, que probablemente fuese el director de todo aquello, aventuró Badián.
A la oficina se accedía por una puerta lateral, que permanecía cerrada. Al ver aquellos ordenadores Badián maldijo el hecho de no saberse de memoria el correo electrónico de su amigo Cúter. Ni el de ninguna otra persona, por otra parte. Toda la información cibernética y telefónica de que disponía la había perdido en el interior de su móvil.
En todo caso, pensó, tecleando ciertas palabras en el buscador podría comprobar si quizás tuviese suerte y pudiera conseguir alguna averiguación que le fuese útil. El problema, se dijo, era cómo llegar hasta aquellas endiabladas máquinas.
Enmarañado en estos pensamientos sus pasos lo habían llevado azarosamente hacia una puerta en la que en un desvencijado cartelito podía leerse: Bib..oteca.
No podríamos decir que Badián fuese un gran lector, como tampoco había sido un ilustre estudiante. Sacó el bachillerato a pelo y más que nada por aliviar y dar paz a los viejos. Sus lecturas fueron en su mayor parte apremiadas y los restos un poco a salto de mata, sin disciplina ni orden alguno. Sin embargo, como ya vimos, sí sentía cierta y sorprendente fijación con los poemas de Ángel González y Benedetti, así como con los cien años de García Márquez, algunos de cuyos versos y pasajes le habían sabido tocar las vísceras.
La puerta se hallaba entreabierta y Badián sólo necesitó empujarla para pasar dentro. Era una habitación rectangular, que desprendía un tibio olor a libro concentrado, quizá más amplia de lo que había imaginado, con sus cuatro paredes cubiertas de estanterías repletas de textos que ascendían hasta el mismo techo. Mucho libro para un lugar como este, pensó Badián con extrañeza. En el centro una gran mesa de madera, alargada y rodeada de sillas, ocupaba casi todo el espacio, dejando a sus lados estrechos pasillos por los que moverse.
Al fondo de la sala pudo ver una pequeña mesita organizada a modo de oficina, y sentada junto a ella -para su tremendo espanto- se hallaba Madame Clora.



La enfermera-jefe apartó su mirada de las páginas couché que permanecían abiertas sobre la mesa, abandonó los lentes y posó sus ojos altivos en Badián, que se mantenía cual efigie a la entrada de la habitación, petrificado ante aquella concluyente realidad que le caía encima.
-Vamos, acércate –emitió la voz castrense de la enfermera, cuyo inflamado rostro parecía ahora suavizar su habitual gesto desdeñoso.
Badián comenzó a andar hacia ella de manera insalvable, como si alguna misteriosa energía lo impulsara a ello, empujado por un género de horizontal atracción gravitatoria.
Cuando estuvo junto a la corpulenta mujer, ella cruzó lentamente sus brazos robustos, lo examinó con detalle y parsimonia de inspectora, fijó su mirada en los alarmados ojos de Badián y, para mayor perplejidad de éste, explotó en unas sonoras carcajadas que retumbaron como truenos entre las paredes de la biblioteca.
-¡Míralo!, si podrías ser mi hijo…–exclamó al cabo, secándose con el dorso de la mano las lágrimas de las risas.
Badián se sintió en ese instante tan inmensamente desvalido como una extraviada criatura en el infinito del cosmos. Cual cucaracha pisoteada, pensó, y se vio a sí mismo a punto de desintegrarse ante aquel ser colosal que lo avergonzaba dolorosamente al apuntar la potencial maternidad, y el evidente y sonrojante equívoco que con ello evocaba.
Confirmó así una vez más su cristalina fragilidad y hubo de hacer notables esfuerzos para no echarse a llorar sin consuelo allí mismo, a lágrima tendida, frente a aquella mujer desorbitada.
-…y las madres no se acuestan con sus hijos para según qué cosas –concluyó Madame Clora, ahora con un suave tono de reproche en su voz.
Badián reaccionó ante la inesperada y bochornosa situación poniendo en marcha casi inconscientemente su particular terapia repetitiva, convirtiendo sus pensamientos en circuito cerrado de voces, de ecos envolventes, de palabras que bailaban en círculos sin fin, y que, irremediablemente, terminaron por abrirse camino al exterior.
-…este miedo difuso, esta ira repentina,
estas imprevisibles y verdaderas ganas de llorar… este miedo difuso, esta ira repentina…
-Pero ¿qué leches hablas chico? ¡Calla ya!–cortó Madame Clora aquella incomprensible letanía de palabras, uniendo a su grito imperativo un estrepitoso manotazo sobre la mesa.
-¡No sé qué cosa te pasará a ti, chico, pero desde luego no es aquí donde se cura lo tuyo!
Madame Clora se había puesto en pie y ahora daba pasos lentos alrededor de Badián, como inspeccionándolo de nuevo, al tiempo que le hablaba en tono elevado.
-Son diez años ya viendo pasar todo tipo de gentes por este lugar, ¿sabes? Toda clase de personajes han entrado y salido de aquí, y han vuelto a entrar y a salir, y a entrar y a salir, y así… ¡qué sé yo, muchacho!, ¡lo que no habrán visto estos ojos que dios ha de llevarse! Jovenzuelos como tú, viejos chocheando que no podían ni con sus arrugas, putas de todos los colores, señoronas más putas que éstas, y buenas mujeres también, claro, y hombres, ricos, pobres, y maestros, y abogados, y camioneros, y políticos, y barrenderos, y hasta un chino que nos llegó una vez, aunque ese no volvió nunca más, y mancos, y tuertos, y maricones, y muertos de hambre, y señoritingos… yo qué sé, de todo, ¿sabes? Y te digo una cosa, chico, tú no eres uno de ellos. ¡Ni hablar del peluquín! Si lo sabré yo. Yo a ellos se los veo en la cara. Se los leo en la mirada. Los huelo al lejos. Lo llevan escrito, ¿sabes? … Y tú no, chico. Tú sólo estás asustado, y no sabes qué hacer…
La estupefacción de Badián ante aquel contundente y acertado diagnóstico ejerció sobre él, paradójicamente, un efecto balsámico. Le invadió una cálida sensación de sosiego al saberse reconocido, desenmascarado por aquella mujer que en minutos había pasado de ser una depravada amenaza sexual a convertirse en posible y cordial cómplice en aquel absurdo lugar.
-Tengo que salir de aquí… –balbuceó Badián, cuya opacidad para comunicarse con los demás, ese muro de cristal que lo separaba tortuosamente del mundo exterior, parecían deshacerse ahora milagrosa y repentinamente ante aquella inesperada compañera.
-¿Para qué diablos firmaste entonces los papeles?
-No tengo dinero, ni tengo a dónde ir…
-Ya. Pues cinco días aquí no te los quita ni dios. Es lo menos que tardan con el suero. Y hasta entonces no te permitirán poner un pie en la calle.
-Necesitaría buscar algo en el ordenador…
-¡Ja! Ni me mires. ¿Sabes? Te he dicho antes que llevo aquí diez años y ahora, y óyeme bien clarito, chico, te digo que quiero llevarme otros diez más, ¿sabes? Y jubilarme en paz. No me pidas cosas que ni puedo, ni debo ni voy a hacer. Ni por ti ni por nadie, chico. ¡Faltaría más! Olvídate. ¿Sabes?, la vida no es fácil, tengo un exmarido que es un cabrón, lo tengo bien alejado por el juez, pero sigue siendo un gran cabrón de carne y hueso que anda suelto por esas calles de dios, y además, te digo, que por su bien y por el mío que no se me acerque –prosiguió Madame Clora santiguándose con rapidez un par de veces- porque te juro que a ese cerdo hijoputa lo mato yo con mis propias manos antes que me ponga él una suya encima, aunque me busque la ruina, aunque me la pase podrida en una apestosa cárcel el resto de mis días, ¿sabes?... y una hija tengo también…qué te crees tú… con treinta y dos años… pero esa… bueno… así que en casa, y entérate bien, en mi casa no entra más que lo que me pagan aquí, ni un céntimo más… ¿sabes? y no lo voy a arriesgar todo por un niñato asustado con cara de chatarra… así que apáñate… por aquí cerca hay unos billares… ¿sabes?, y también tiene ordenadores de esos… tendrás que esperar…
Tras estas palabras Madame Clora volvió a sentarse.
Parecía otra mujer. Los demonios interiores, exorcizados con sus palabras, fluían ahora silenciosos por el sudor de las sienes, por el cansancio y paz que impregnaban a un tiempo la expresión de su rostro, por la mirada enrojecida, por las gotitas casi imperceptibles que humedecían sus lagrimales.
Miró el reloj de pulsera en su muñeca y, como aterrizando de nuevo en la realidad urgente, se alzó y comenzó a recoger las cosas de la mesa.
-Y ahora lárgate. Voy a cerrar, chico –emitió, recuperando la voz de mando y su expresión altiva.
Badián, que había asistido sobrecogido a las palabras de Madame, dio media vuelta y caminó hacia la puerta de salida.
-¿Cómo es que está usted en la biblioteca? –preguntó al pronto, volviendo la cabeza, con el pomo asido ya por su mano.
-Yo mando mucho aquí.
-¿Le gusta leer?
-Lo que me gusta es el silencio.
-Ah… –musitó Badián, esbozando una leve sonrisa y elevando una mano hacia la enfermera.
-Hala, hasta luego.





Deambulando de nuevo por los poco iluminados pasillos de la clínica la mente de Badián, siempre imparable y caótica, bullía ahora cual marmita en la que las interrogantes borbotearan perturbadoras y díscolas.
¿Qué había llevado a la doctora Bermejo a pensar que era él un enfermo? ¿Cómo no había detectado que lo suyo no pasaba de ser una mentecata y temeraria cogorza? ¿Por qué incluso el Tasca lo creía también, hasta el extremo de sentirse obligado a ser su ángel guardián? ¿Qué estaba ocurriendo para que erraran ellos el dictamen y no Madame Clora? Y, por otra parte, ¿qué hacía una biblioteca como aquella en semejante lugar, en el que ni siquiera se preocupaban por conservar el letrero de la misma? Y –y esto sí que lo martirizaba- ¿qué diablos había hecho él para verse envuelto en aquel laberinto de pesadilla, en aquella cápsula de locos?
Atribulado por tales cuestiones subió maquinalmente las escaleras que llevaban hacia la segunda planta y se dirigió por puro automatismo hacia la habitación número diez. Al entrar, al contrario que la pasada noche, se alegró de no compartir ésta con nadie.
Se descalzó y sin más se tumbó en la cama boca arriba, cerrando los ojos. Ubicado en la penumbra de la ceguera peleó con ahínco por desembarazarse de los enigmas que le sobrevolaban, de los miedos acechantes, de los lados oscuros que se abatían como depredadores insaciables sobre él, y dirigió sus pensamientos hacia lo que más podía reconfortarlo en aquel lugar, la imagen de la deslumbrante Rubí, la bella Rubí… y se dejó llevar por el recuerdo de sus faldas mínimas mecidas por el baile, por la evocación de los explosivos senos a punto de estallar bajo sus prendas… vaya, no he cogido ningún libro, recordó por un instante, sin emoción alguna… por la nostalgia temprana de aquella danza de giros generosos, por el regalo de los negros cabellos, por la memoria de la desnuda piel de sus hombros, por aquella voz de niña traviesa, ¿cómo te llamas?, sus risas desvergonzadas … su cante destemplado… y al compás de mi guitarra canto alegre este huapango, porque la vida la vida la vida es… un contratiempo…

La sala de la anterior noche, los anodinos cuadros, aquella amplitud insulsa.
En el televisor voceaban y se escupían vísceras los personajes catódicos, cuyo estrépito servía ahora como simple rumor de fondo, pues todos en la habitación se arremolinaban, ignorando y dando la espalda al necio artefacto, alrededor del viejo sofá de escay, envolviendo y prestando su completa atención a algo, o a alguien.
Badián recién llegaba desde su habitación y aún hacía esfuerzos por salir de los laberintos oníricos en los que se había perdido durante unas cuatro horas.
Restregándose los ojos para hacerse a la luz de la realidad, lo primero a que se enfrentaron éstos de forma muy precisa fue al espectáculo demoledor de las piernas de Rubí, vistas por atrás, lo que le supuso, de forma inquietantemente circular, regresar a los anteriores delirios del sueño.
Arremolinada como se hallaba también ella hacia el ajado sofá, asomada levemente hacia adelante, sus breves faldas mostraban exactamente al límite el fin de sus muslos y Badián se sintió ante tal visión del todo vital, fresco y despejado, y al tiempo, sumido prodigiosamente en el bucle de sus quiméricas e íntimas ensoñaciones.
Se acercó entonces al semicircular grupo y, situándose junto a las veneradas y evocadas extremidades, pudo ver la cabeza rapada de Zoe, sentado con desparpajo en el desvencijado sofá, con un cigarrillo apagado en una mano y una sonrisa esplendorosa en su rostro.
Se disponía a realizar un juego de magia.
Antes de nada pidió a Rubí que sellase con su carmín la boquilla de aquel cigarro, cosa que ella aprovechó para marcarse una divertida imitación de los gestos faciales de Marilyn, al tiempo que entonaba los compases del happy birthday, recibido todo ello con el previsible entusiasmo de la concurrencia. Apremiada por el mago impaciente la Monroe le devolvió el pitillo marcado.
Un inspirado Zoe, cuyas figuras satánicas parecían danzar levemente por sus brazos, al compás de músculos y tendones, introdujo entonces, ante el creciente asombro de todos, el cigarrillo ducados por su ribeteada oreja derecha, lentamente, hasta hacerlo desaparecer en su interior. Abrió cuan grandes eran ambas manos mostrando el vacío en ellas y, a continuación, extrajo con igual lentitud del orificio izquierdo de su nariz de aretes dorados aquel mismo cigarro con los labios impresos de Rubí.
A un silencio sepulcral prosiguió la explosión sonora y el estrépito de unos aplausos compactos, acompañados de vítores y silbidos varios.
Badián, aunque atento a todo el espectáculo, permanecía trabado en una especie de trance hipnótico, absorbido por los aromas que fluían etéreos de los cabellos de Rubí, a la que casi rozaba.
Frente a (Badián) y sus extravíos, un exultante Zoe se dirigía de nuevo a la bella solicitando un pañuelo, que Rubí extrajo con fenomenal y pausada ceremonia desde los insondables misterios de su bolso rojo, a juego con el carmín.
Al fin le alcanzó un ligero lienzo celeste, que Zoe enarboló cual bandera cuasi victoriosa e hizo revolotear frente a su seducido público, hasta que pasó a introducir un extremo del mismo en la pequeña abertura que había formado cerrando su mano izquierda.
Con su índice derecho fue hundiendo la breve tela poco a poco en el hueco de la mano, hasta hacerlo desaparecer por completo en el interior del puño.
Con éste cerrado y mostrándolo rotundamente a la vista de todos, Zoe exhibió una gran mueca de alegría antes de abrirlo y ostentar con definitivo orgullo la nada en su interior.
Desde los fascinados rostros arreciaron de nuevo los aplausos entregados y el joven roquer granadino se puso en pie realizando caricaturescas reverencias a su ya rendido auditorio.
Entonces, en el mismo instante en que la propia Rubí, con Badián imantado a su aromática aureola, lo premiaba encantada con dos sonoros besos en las mejillas se escuchó como un trueno la voz cascada del Tasca.
-¡Lo tienes en la derecha, mamón! -gritó, al tiempo que se abalanzaba sobre Zoe y le hacía abrir la mano impostora, que, para su gran estupor, también se hallaba ocupada por el vacío.
-¡Yo lo he visto, mierda! ¡He visto que lo guardabas en esta mano, cabrón! -continuó desatado el Tasca, que no alcanzaba a comprender nada pero tampoco estaba dispuesto lo más mínimo a dejarse engañar por aquel pelanas y aún menos a quedar en ridículo ante los demás.
Fue por ello que a las bravas introdujo su propia garra huesuda en uno de los bolsillos del vaquero de Zoe e inició una desesperada búsqueda del desvanecido pañuelo, hurgando con rabia en el misterio.
La escena podría parecer cómica y, en cierto sentido, hasta podríamos verle un ramalazo erótico, sino fuera porque Zoe, nada más sentir aquella zarpa rebuscando entre sus partes, rozándolas con obsceno descaro, alzó el brazo derecho y estampó sin pensarlo el mágico puño sobre los mismos bigotes del Tasca, que cayó en redondo sobre el suelo.
El alboroto que se formó fue tremendo, con voces de alarma, alaridos, llantos, y un Badián que, inmerso en aquel fenomenal revuelo, pudo ver, por entre los efluvios de los cabellos de Rubí, cómo, con asombrosa celeridad, se abría en par la puerta de entrada y aparecía cual ciclón Madame Clora en la sala.
Tras dar un solo y rotundo grito instándoles a que permanecieran quietos y callados se hizo en un santiamén, categórica, con la peliaguda y por momentos caótica situación.
Y todo ser vivo en la habitación quedó efectivamente como detenido en el tiempo, acallada la tropa por aquella presencia arrolladora.
Sólo los gemidos lastimeros del Tasca rompían el silencio espeso que se había instalado en la estancia
Madame Clora se acercó al viejo herido, observó cómo sangraba en abundancia por la nariz, le aplicó una gasa al apéndice enrojecido y dio órdenes de que trajeran una camilla.
Justamente cuando llegaban las enfermeras con el lecho portátil para el Tasca, sintió Badián que lo agarraban por el brazo, tirando con fuerza de él.
-Vamos. Salgamos a la terraza.
Quien realizaba tal gesto y decía las imperativas palabras era un joven alto, delgado, dotado de cierta elegancia natural, con un ensortijado pelo negro bajo el que ocultaba en parte una mirada incisiva y autosuficiente.
Cuando estuvieron los dos afuera, a solas en la pequeña terraza que daba al patio interior de la clínica, el joven cerró tras de sí la puerta corredera y apoyó una mano en la barandilla.
Con la mano libre extrajo un pitillo rubio del bolsillo interior de la chaqueta negra que vestía sobre una camisa blanca y lo prendió con un mechero zippo, que resplandeció impregnando el aire de un leve olor a gasoil, sin dejar un momento de mirar desde detrás de sus rizos a Badián.
-Soy Laslo. Rubén Laslo –dijo al fin, acercando una mano que Badián le estrecharía con fuerza-. Mis amigos me llaman gitano… pero tú, todavía, no eres mi amigo…
Tras esta afilada presentación apoyó ambos codos en la barandilla, contemplando vagamente el patio arbolado de naranjos y expulsando en volutas el humo hacia el exterior.
Badián, sorprendido y no sin alarma, observaba con silencioso detenimiento los movimientos de aquel tipo de esmerado porte y desnuda arrogancia al que hasta ahora, incomprensiblemente, no había prestado suficiente atención.
Claro que -rumió en sus adentros, recordando como en una grabación ralentizada las imágenes vividas desde la noche anterior- ese rostro aparecía invariablemente en todas ellas muy cerca de Rubí.
Sin más cuando, llegando precisamente desde aquel mismo balcón, ella se arrancó por bulerías y les regaló su baile salvaje; o al marchar todos en silencio tras tomar las píldoras de Madame Clora hacia sus habitaciones respectivas; y también sentados a la mesa almorzando; y hacía no más un instante, asistiendo al mágico espectáculo de Zoe. Permanentemente junto a Rubí. ¿En qué diablos habría estado pensando todo el tiempo para no reparar en él? Y en ello.
-No me gusta tu cara, chaval, aunque a eso, supongo que estarás acostumbrado–comenzó de nuevo Laslo, que había lanzado la colilla hacia el patio y hablaba sin mirar a Badián- Pero es algo que no tiene la menor importancia. Tampoco me gustaba la cara del Tasca y después de lo de ahora, tú verás. Y sin embargo, es un tío al que aprecio mucho.
Se giró entonces hacia Badián y posó levemente su mano diestra sobre el hombro derecho de éste, estableciendo entre ambos con su brazo una especie de barrera diagonal.
-A ti también podría llegar a apreciarte. Sí señor. Creo que eres un buen tipo… Pero hay cosas que no pueden ser… y que además, ya sabes, son imposibles…
La mano que apenas rozaba cordialmente el hombro de Badián se trasladó casi imperceptiblemente hacia su cuello y, de forma en todo inesperada, lo apretó de pronto con desmedida fuerza.
-Rubí aún no lo sabe. Pero está completamente enamorada de mí, ¿comprendes?
Y Badián, enrojecido por la falta de aire, comprendió. Las conjeturas apenas esbozadas en su mente encajaron perfectas en el puzle ahora resuelto de las imágenes, de Rubí y de la permanente cercanía de aquel tipo, con estas últimas palabras del mismo.
-¿Comprendes? –repitió Laslo en forma apremiante.
Y Badián alcanzó a emitir un sí ahogado y convulso que consiguió que aquella mano abandonara la terrible presión sobre su cuello.
-Buen chico –concedió Laslo, volteándose de nuevo hacia el patio y apoyando ambas manos sobre la barandilla.
-La quiero y, aunque le gusta hacerse la difícil, acabará conmigo –predijo, llevando un nuevo pitillo a sus labios y prendiéndolo con el plateado zippo, el leve aroma a gasóleo flotando entre los dos.
Tras ello prosiguió hablando.
-Aclarada esta… digamos… espinosa cuestión… ya sabes… ella y tú seréis, ¿cómo te diría?, dos líneas paralelas –y Laslo dibujaba en el aire dos surcos imaginarios- ¿comprendes?, eso es, dos caminos paralelos condenados a no encontrarse jamás… ¿ves?, pues bien, despejado este asunto ya podemos comenzar a hablar de futuro. Rubí, tú y yo.

Los desordenados pensamientos de Badián se debatían con estrépito interior ante aquellos acontecimientos desbordados. Bien podía abandonarse de nuevo a la terapia repetitiva, quizás inutilizada ya de tan excesivo uso en tan escaso espacio de tiempo, reflexionó; tanteó también la posibilidad cierta de mandar al mismísimo carajo y sin contemplaciones a aquel tipo de chulería insufrible y oscuras fantasías, con las previsibles consecuencias violentas que ello acarrearía, sospechó; y por último se planteó la oportunidad de preguntar tranquilamente qué era aquello de un futuro en común.
-¿Vosotros y yo? ¿De qué hablas?
-El mundo es un pañuelo, chico. Y Sevilla, imagínate. No te digo nada de esta pequeña clínica. Quieres ir a Cádiz, ¿verdad? Por una curiosa coincidencia yo también necesito ir a la Tacita. Tengo unos negocios pendientes allí, pero me interesaría contar con un, digamos, cuartel general, ¿me sigues?
-Pero… yo sólo voy a ver a un amigo… y ni siquiera sé muy bien si tendrá sitio para mí… -expuso Badián a la defensiva.
-Oye… ¿Badián?
-Sí, ese es mi nombre.
-¿Me tomas por tonto? No cruza uno España desde Barcelona a Cádiz a ver a un amigo para quedarse en la calle, ¿no?
-Ya… pero yo tenía algo de dinero y… en fin… en realidad él me habló de la posibilidad de trabajar con su padre, en una nave industrial o algo así… no sé muy bien… y claro, supongo que me podría quedar en su casa mientras buscaba otra cosa… pero ahora no puedo llamarlo, ni contactar con él… así que no sé…
-¡Ajá! Pues ahí estamos. Yo sí sé. Lo suficiente. Te ayudaré a dar con él, verás. Es más, te ayudaré a buscar piso si él no puede ofrecértelo. No habrá problemas. Eso sí, tú me devolverás la jugada ¿Ves? Es fácil. No es un sitio para mí lo que busco, no, no es esa la cuestión, es todo más sencillo. Se trata sólo de un lugar en el que almacenar una mercancía… unas semanas… poco tiempo… poca cosa… y tener a alguien de confianza a su cargo, ¿comprendes?, y ahí entras tú...
-Oye, ¿no me estarás hablando de drogas?, porque si es así, olvídate…
-¡Ah, Badián, Badián! ¿Drogas? Pero ¿qué es eso? ¿Por quién me tomas? ¿De qué me hablas? ¿No es esto una clínica de desintoxicación? ¿No estamos aquí para limpiarnos? ¿eh? ¿No estoy yo limpio? ¿No estás limpio tú?, ¡y como una patena, además! -una mueca de ironía se dibujó en los labios de Laslo, mientras señalaba a Badián con la mirada tras la última afirmación- Pero fuera es otra historia. Hay que estar listos. Hay que vivir, moverse… pues… ¿cómo piensa ir el señor a la ciudad de Cádiz? ¿En el coche de San Fernando? ¿Un ratito a pie y otro andando? Óyeme bien… Yo te ayudo. Tú me ayudas. Es la única norma ¡No te me vayas a escandalizar ahora! Tú eres un tío de mundo… ¿no? ¡Drogas, drogas! Yo no vuelvo a las rayas ni loco, tú. No, no, no. Ni olerla. No se trata de eso… El asunto va por otros rumbos…
-Había pensado…
Pero Badián Parra no había pensado nada. Como casi siempre en sus recién cumplidos dieciocho años los acontecimientos se adelantaban a cualquier tipo de planificación suya, de perspectiva ante el futuro, de planteamiento previo, cuando no, como en el caso en que se encontraba absurdamente sumido desde hacía dos días, simplemente le destrozaban cualquier atisbo de enfoque.
-Rubí tiene un Ford Fiesta que marcha bastante bien –escuchó decir a Laslo desde su íntima anarquía.


La enfermera Águeda era una jovencita florida, de presencia alegre y cercana, siempre radiante y parlanchina.
No esa noche.
Sobre la sala comedor de la planta baja, con su frigorífico, su viejo mueble de madera para la vajilla y la cubertería, sus mesas, sus comensales, planeaba como un espectro la mala conciencia colectiva originada por la ausencia del Tasca.
La habitación parecía aún más sombría que por la mañana, a la luz ahora de los dos tubos de neón que se alineaban paralelos en el techo.
Águeda ya les había servido a todos la cena -en un silencio contagioso que parecía ralentizar los movimientos, los gestos, que amplificaba incómodamente cualquier sonido inevitable, choque de cubiertos, toses, el crujir de una silla- y preparaba en su mesa los vasos con las respectivas pastillas.
Nada más entrar les había notificado, con la humedad asomándole en la mirada, que al Tasca lo habían ingresado en un hospital cercano, con fractura del tabique nasal. Que regresaría en uno o dos días, había dicho.
Después no volvió a pronunciar palabra. Nunca antes había sucedido algo como aquello.
Badián, sentado a la misma mesa que por la mañana, tenía frente a sí a Zoe y a don Jenaro, que cenaban distantes, como idos. También como esa misma mañana la otra mesa estaba completa y en ella vio –ahora sí- a Laslo, sentado junto a Rubí, susurrándole cosas al oído que la hacían esbozar brotes de risitas, que ella hacía esfuerzos por reprimir, pensando en la ausencia tan presente, intimidada por el silencio abrumador.
Se fijó Badián también en los otros tres ejemplares, a los que escudriñó entre tanto con sumo detenimiento, para no llevarse más sobresaltos en adelante.
Los observó, eso sí, con la mirada de su humillación reciente, desde la inquina que palpitaba fresca en su interior, a través del tamiz de la desolación en que se veía recluido por ese amor que, sin haber siquiera germinado, apenas esbozado en sus cálidos delirios, le acababan de mutilar y exponer como inalcanzable ante sus ojos y oídos, por siempre jamás.
Así, desde tal espesura de ruindades y odio, desde esa perspectiva atravesada y venenosa en la que permanecía ahora instalado, avistó Badián a un joven sentado al otro lado de Rubí, al que archivó con cruel ligereza como yonqui de mierda, inducido por la extrema delgadez que mostraba. Lo adivinó desde su resquemor palpitante como un vago de profesión y casi con toda seguridad como un mediocre analfabeto. Escoria sin salvación posible, se dijo, aliviando con ello, de forma inesperada y al tiempo placentera, su orgullo malherido.
Al otro extremo de la mesa un señor mayor, quizás rozando los sesenta años, bien vestido, el escaso pelo engominado hacia atrás, con cicatrices como radiografías de dilatados excesos en su rostro, acaso dueño de una cadena de supermercados, de un holding de hoteles, director de alguna sucursal de banco o no más que un puto gánster, tal vez un analfabeto parcial, un listo de profesión, un gran hijo de la gran puta, aventuraba para sí un ya lanzado Badián.
Sentado muy cerquita del viejo repasó a un tipo de unos treinta años, amanerado en sus ademanes y en la voz atiplada con que pedía por favor un poco de pan a Rubí. Una rata inmunda llegada desde cualquier escondrijo, a saber de cuál habría escapado tamaño bichejo. Posible incluso que fueran pareja esos dos, sentados tan lindantes el uno del otro, fantaseaba Badián regodeándose en una maldad a la que estaba descubriendo con asombro y satisfacción una evidente función reparadora.
Estando inmerso en estas sumarísimas descripciones, oyó Badián de pronto lo que Zoe, rompiendo el silencio casi pactado implícitamente por todos, preguntaba en voz baja a don Jenaro.
-¿Cree usted que me denunciará?
Don Jenaro posó la cuchara hacia abajo sobre el filo de su plato, deslizó detenidamente la servilleta de papel por los labios y, al terminar, hizo de ella una bolita que olvidó sobre la mesa. Sólo entonces miró en silencio a Zoe. Giró los ojos con premeditada parsimonia hacia la otra mesa, desde donde todos le observaban esperando su respuesta, y los volvió a posar con igual sosiego en el joven róquer. Tras ello habló.
-Mira, muchacho –dijo al fin, arrastrando las palabras, con voz de sacerdote antiguo, consciente de haberse convertido en el centro gravitatorio de toda la atención de la sala, sabiéndose importante- teniendo en cuenta, como bien sabes o has de saber, que aquí nadie muestra, digamos, excesivo interés ni procura alguna utilidad en tener contactos con la policía, ni por ende con la administración de justicia, y dando como hecho cierto y comprobado, por las informaciones fidedignas de que dispongo, que el Tasca es de los que menos disposición o acomodo tiene en ello, pues la respuesta habría de ser no…
El abogado, recreándose en su perorata, gustándose, dejó las palabras flotando en el aire, suspendidas como puntos, formando auras de incógnitas en todos los presentes, así como desesperación en Zoe, que musitaba entre dientes vamos, vamos, vamos, creando un suspense tan de su agrado que quiso alargarlo dando un lento y amplio trago de su vaso de agua.
-Pero, qué quieres, -prosiguió al fin, dejando el vaso sobre la mesa y mirando de nuevo fijamente a los ojos desorbitados de Zoe- en el improbable o quimérico caso de que el Tasca quisiera hacerlo, pues ya sabes o has de saber, que la naturaleza del ser humano será por siempre jamás algo insondable e insoluble, te diré que no son materias con las que yo haya tratado ni de lejos, amigo. Como comprenderás no llegaban a mi bufete asuntos tan zafios como este, dicho sea con todos los respetos. Pero por la jurisprudencia y dictámenes que pueda recordar así, a bote pronto, estaríamos hablando de penas que podrían moverse entre los seis meses de cárcel y los tres años, con indemnización y abono de las costas aparte, por supuesto. Todo ello en el caso, más que probable y factible, de que el juez apreciara en todo este asunto del que hablamos que fuera algo creíble que no tuvieras intención de causarle lesiones al Tasca, como las que, clara evidencia, has provocado, pero que, por otra parte, no dejara de ser cierto que también pudiste haber evitado el encontronazo y, sin embargo, no lo hiciste…
Llegado a este punto, la monótona y arrastrada dicción de don Jenaro, aquella voz evangélica, así como su lenguaje enrevesado y leguleyo persuadieron a Badián de que, al menos de momento, no quería saber nada más de aquel embrollo…
Se sentía exhausto.





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