I - En la sala.
La sala era amplia, funcional, de paredes blancas y cuadros anodinos. Badián Parra permanecía silencioso y prudente en un rincón, a la espera de que algún doctor o similar le aclarase qué hacía allí.
Sentado junto a unos anaqueles repletos de revistas del corazón, juegos de mesa y unos pocos libros en desuso, alcanzó una de aquéllas y simuló leerla. Al otro lado, arrellanados sobre un sofá y cuatro sillones de un escay rajado, los demás ocupantes de la sala, todos hombres, gritaban y hacían aspavientos frente a un televisor. Retransmitían un partido de fútbol de enorme trascendencia, o al menos eso creyó Badián observando mudo desde su revista a los que habrían de ser sus compañeros de internamiento. Finalmente sabría por uno de ellos que se trataba de un amistoso sin mayor importancia. Aquí todo se magnifica, le diría el que llamaban Tasca.
Badián permanecía paciente en su rincón mientras en su mente una laguna enfangada de imágenes sin sentido le impedía recordar lo sucedido los dos últimos días de sus dieciocho años de existencia. Se recordaba, eso sí, saliendo de Barcelona con infinita alegría en el auto de unos amigos que se dirigían a Madrid. Tras pasar noche en la capital se veía despidiéndose de aquellos y embarcando en el AVE hacia Sevilla, ya en solitario. Una vez en la estación de Santa Justa -ahora se preguntaba a cuenta de qué- podía contemplarse conversando con un grupo de rumanos alrededor de unos litros de cerveza.
Y era ahí donde se iniciaba el nebuloso vacío.
2 - Rubí
Hallándose inmerso Badián en esta silenciosa estupefacción hizo su entrada en la sala -llegando desde un balcón que hasta entonces le había pasado desapercibido- una jovenzuela hermosa que pobló de risas, piropos y complacencia venérea a todos los presentes, haciéndoles olvidar por completo los puntuales pormenores del deporte rey.
La joven se llamaba Rubí, lucía unas faldas cortísimas, y reía y cantaba todo el tiempo, como comprobaría más adelante Badián, rumbitas y flamenco la mayor de las veces. Animada por la entregada concurrencia se arrancó por unas bulerías de Camarón. Tirititando de frío bailaban cuatro gitanas por la orillita de un río, cantaba, y los demás la palmeaban y jaleaban con arrebato desmedido. Nada importaba que su afinación fuese decididamente defectuosa. Era, salvo las enfermeras, la única presencia femenina en aquel lugar. Al compás de mi guitarra canto alegre este huapango, y acompañaba el cante de un baile particular, repleto de giros sobre sí misma en los que mostraba generosamente parte de sus encantos, velados en una diminuta prenda interior, y sugerentes movimientos de caderas de alto calibre sexual. Todo ello lo remataba al final clavando una rodilla en tierra y abriendo los brazos de par en par, la vida, la vida, la vida es… es un contratiempo… los senos a punto de la explosión y la larga y negra cabellera cayendo sobre sus hombros desnudos.
Entonces el respetable aplaudía y echaba humo por todos los poros, los rostros encendidos en brasas de lujuria.
Badián, olvidando la revista sobre la mesa, había asistido al inicio del espectáculo entre sorprendido e incrédulo, pero pronto se dejó llevar por la exaltada belleza de la joven.
Ella se levantó finalmente bellísima, feliz en ser el centro de todas las babeantes miradas, y repartió besos y guiños saltarines a la tropa. Cuando se percató de la presencia de Badián su rostro expresó cierto desagrado por un instante. Forzando su habitual sonrisa se acercó hacia él y le ofreció un educado hola, ¿cómo te llamas?
-Badián.
-¡Qué nombre más raro! -rió nerviosamente Rubí- Pues bueno, ya nos vemos –zanjó sin más, y regresó hacia los demás sin otorgarle beso ni guiño alguno.
A Badián le pareció bien esta indiferencia, pues lo último que deseaba era convertirse en el centro de atención de aquel grupo y someterse con toda seguridad a dios sabía qué retahíla de curiosidades.
Y el grupo continuaba festejando con lisonjas y arrumacos varios a la muchacha cuando apareció por la puerta como una hecatombe en sordina la enfermera-jefe.
3 - Madame Clora
El silencio impregnó la estancia desde el momento mismo de la aparición de la enfermera-jefe, las palmas y risas se diluyeron tras los sillones y el televisor fue apagado con insólita celeridad.
Madame Clora, que así se la conocía, era una mujer corpulenta, oscura en sus pensamientos y soberbia en el carácter. De rostro abotargado y altivo empujaba ahora con aire desdeñoso un carrito con botellitas de zumo y unos vasos de plástico con pastillas de diferentes colores en su interior. Llamando por su nombre a cada uno de los enfermos les fue dispensando su medicación. Uno tras otro recibían y tomaban sus respectivas píldoras, tras lo cual se dirigían en callada procesión a sus habitaciones. Badián fue el último. Asombrado ante el efecto devastador de aquella presencia en los hasta hacía un soplo felices alborotadores y viendo el porte de la misma prefirió postergar sus preguntas para un momento más propicio.
Madame Clora le puso en la mano un comprimido de color rojo, que él tomó sin rechistar ayudado por un trago de zumo de naranja, mientras la enorme mujer clavaba sus envanecidos ojos en él. La expresión de la enfermera jefe parecía traslucir un interés obsceno que el joven decidió pasar por alto. Como si nada dijo adiós y dirigió sus pasos hacia su habitación. Durante todo el trayecto a lo largo del mortecino corredor sintió aquellos ojos de baba recorrer en deseo su cuerpo, pues, aunque Badián era de rostro escandaloso en su fealdad, como se verá en adelante, lucía en cambio una figura acostumbrada a provocar turbadoras atracciones a su alrededor. Por fin dobló a la derecha y se introdujo en la habitación número 10, recordando entonces que no compartía ésta con nadie. Maldijo tal circunstancia. Con las alarmas encendidas se desnudó e introdujo en la cama, temeroso ante la posible aparición de la sanitaria. Por suerte, no sucedió nada y se durmió al instante.
4 - De espejos, deseos, terapias y tipejos
Cuando despertó -el mundo sumido en la difusa línea que anuncia el amanecer- sus pasos le dirigieron oscilando al pequeño baño de la habitación: los efectos de la píldora nocturna aún se dejaban notar. Recomponiendo vagamente los sucesos de la noche anterior, y ubicando entre bostezos las piezas de lo real en su sitio, sus manos humedecidas fueron recorriendo lentamente el rostro soñoliento frente al espejo.
Aquel rostro de siempre deforme, capricho genético y terrible de la naturaleza que esculpió aquellas facciones extremas, los desequilibrios imposibles, picassianos, decían algunos, aquel semblante burlesco. Y fue surcando, como tantas otras mañanas, con las yemas la piel ruda, anacrónica, aquella fealdad feroz de sus infortunios.
Entonces, mirándose fijamente al otro lado, expulsó:
-Badián Parra nació en la ciudad de Barcelona el treinta de setiembre, día de San Jerónimo, el año de mil novecientos noventa.
Tras rebotar graves y huecas las palabras en las baldosas inmutables, las continuó repitiendo en su mente de forma circular, sin solución de continuidad, al tiempo que dejaba el pijama y los slips sobre una banqueta y se adentraba desnudo en el baño.
El brote suave y cálido de la ducha sobre su cuerpo silenció el encadenamiento de palabras y trasladó con levedad sus pensamientos hacia el recuerdo de la asombrosa danza nocturna de Rubí.
La imagen esplendorosa de la joven fue entonces objeto de toda su atención, fantaseando en su íntimo desvarío con escaramuzas amorosas en las que la alegre muchacha se entregaba a los juegos carnales de sus deseos más recónditos y furtivos, pero a poco aquella evocación de Rubí fue distorsionándose de manera casi imperceptible mientras él se aplicaba atávico a la labor necesaria, hasta desaparecer ella por completo, y conformarse en su lugar y con tremenda nitidez -para su espanto- la presencia aceitosa de Madame Clora sobre su entrepierna.
Una explosión anticipada y traumática hizo de él un gusarapo hundido en la bañera, respirando a boqueadas húmedas.
Ya después, recobrándose aún de la perturbadora experiencia solitaria, esperaba ansioso Badián en su habitación que algo sucediera, que alguien le aclarase su, cuando menos, confusa condición hospitalaria. Que le trajeran, en fin, sus cosas, sus prendas, su maleta, su teléfono móvil.
Al poco llamaron a la puerta.
Una enfermera aséptica y distante traía su ropa lavada y planchada, y un gotero con suero para él. Sobre las once pasará la doctora, le informó, sin mirarle a los ojos, mientras soltaba las prendas sobre la cama y conectaba el dosificador a su vena.
¿Me acerca esa libreta?, solicitó entrecortado Badián, y así lo hizo ella, con la vista clavada en el objeto, sin concederle a él una mínima ojeada, y después desapareció.
Comenzó entonces Badián a escribir en el cuaderno aquellas palabras que había vuelto a repetir maquinalmente en su mente. Las anotaba una y otra vez, de forma también circular y aparentemente obsesiva.
Mas no era aquello una obsesión, o al menos, no un capricho adolescente y baladí, no un juego sin sentido.
Se trataba de una labor de la que había oído hablar hacía años, no recordaba ni a quién ni en qué manera, quizás a un visionario callejero, o acaso a un exitoso autor de libros de autoayuda, o podría deberse a los consejos de alguna amistad preclara, o tal vez a las palabras de una arpía televisiva y alucinada, imposible saberlo ya, una labor, en fin, empleada como método para sortear las ideas aciagas, los pensamientos destructivos, la parte oscura.
Y a Badián Parra le acosaban éstos implacables y de forma crónica desde que tenía uso de razón, causados sin duda por el odio despiadado engendrado y alimentado hacia su propio rostro, y los consiguientes trastornos que lo habían acompañado en el transcurrir de sus días.
Badián hizo suya esta práctica, y era desde aquellos tiempos su modo de proceder para ahuyentar las tendencias negativas.
Podía concentrarse por ejemplo en la descripción exhaustiva de un bello cuerpo de mujer, ya fuese vestido o desnudado, recordar con todo pormenor los movimientos y acciones que ejecutó en horas, días o meses anteriores, también repasar muebles, objetos o detalles de cualquier espacio o vivienda, enumerar los quehaceres que habría de realizar a lo largo de una jornada o recitar sin olvido algún poema de Benedetti o Ángel González.
Mas en el momento de confusión absoluto en que se hallaba no se le habían ocurrido mejores palabras para concentrarse que aquellas de su nacimiento.
Encontrándose pues sumergido en la terapéutica y redundante labor apareció en la habitación uno de los apasionados del fútbol y de Rubí de la noche anterior.
¿Cómo andas?, le dijo con una voz cascada, delatora de viejas aguardentías. ¿Todo bien? Y Badián, saliendo de su abstracción, asintió con la cabeza, preguntándose qué carajo querría aquel tipejo.
Era un hombre de unos cincuenta años, quizás algunos más, alargado, de una delgadez extrema, cabello y mostacho canos y una piel arrugada, como de cartón.
-¡Coño, sí que eres bien feo joputa! Otro más para el club –hablaba y reía y tosía, casi todo al mismo tiempo.
-Claro que tú, tú serás el jefe, mamón, qué digo el jefe, el papa de los papas de los repapas de los más feos del mundo entero, cabrón –y volvía a soltar una carcajada ronca y ruda, que le llevaba a toser penosamente.
-¿Tienes un cigarro? –interrogaba al cabo, recuperado de la convulsión.
Badián, en silencio todo el tiempo, ocultando el cuaderno bajo sus brazos, negó con la cabeza.
-Mierda… en fin, ¿y tú qué?, ¿eres mudo o qué? ¡Di algo, carajo!
-Sí… ya... ¿cómo acabó el partido? -formuló lacónico Badián.
-¿El partido? Bah. Y yo qué sé. Era una mierda de amistoso, no valía un carajo, lo que pasa es que aquí se mag-ni-fi-ca todo -respondió el hombre, subrayando intencionadamente aquellas sílabas de su gran palabra del día.
-Por cierto, chaval, llámame Tasca –demandó, ofreciéndole la mano, que Badián estrechó con fuerza, como le habían enseñado desde bien niño.
-Tú eres Badián, ¿verdad? –y Badián lo confirmó en silencio- Te escuché anoche decírselo a la niña… ah… la niña... –musitaba ahora el Tasca, con una expresión bobalicona y cómplice.
-...anda, cagón, ¿a que está buena la Rubí?, ¿verdad?, ya te la habrás cascado pensando en ella, seguro que sí.... porque, oye, ¿y tú qué edad tienes?
-Veinte –mintió Badián.
-Vaya, joder, me cago en los muertos. Badián, Badián, Badián, pues sí que tienes un nombre raro, coño –y diciendo estas palabras se esfumó por donde vino, dándole vueltas al extraño nombre.
5 - La doctora Bermejo
La doctora se presentó a las once, tal como había anunciado la enfermera. No usaba bata ni atavío alguno que la identificase como tal. Vestía una camisa de tela celeste y unos pantalones vaqueros, muy ceñidas ambas prendas a un cuerpo espigado y resultón. Sobre el bolsillo de la camisa sí llevaba prendida una pequeña placa identificativa donde podía leerse: Dra. Clara Bermejo Gisbert, Colegiado 3934, Sevilla.
Era una mujer de unos cuarenta años, de una belleza vaporosa y serena que reflejaba una vida ejercitada sin demasiados sobresaltos, una existencia en la que los proyectos se habían ido cumpliendo en los plazos correspondientes, fruto de un carácter esforzado y perseverante.
-Buenos días, señor Parra –saludó, con una sonrisa profesional- veo que se encuentra bastante recuperado, ¿no es así?
-Badián Parra nació en la ciudad de Barcelona el treinta de setiembre, día de San Jerónimo… –soltó irremediablemente Badián.
-Vaya, no está mal como información, pero ¿y eso de hablar en tercera persona?
-Tengo problemas de comunicación.
-Ya veo. En fin, Badián, ¿me permites que te tutee, verdad? Correcto. Mira, primero te informaré de las circunstancias de tu llegada al centro. Después veremos cómo están las cosas ahora, y qué podemos hacer, ¿de acuerdo? Me imagino que no recuerdas nada de cómo llegaste hasta aquí ¿no es así?
-Nada –contestó Badián, mirando entre avergonzado y con embeleso a la doctora Bermejo.
Así pudo conocer Badián cómo dos noches atrás, a eso de las once, hora en la que el centro ya se encuentra cerrado al exterior, una de las enfermeras de guardia escuchó fuertes golpes y voces provenientes de la entrada principal de la clínica. Alarmada, avisó rauda a la otra compañera de vigilancia y las dos se dirigieron cautelosas al lugar del que continuaban llegando ruidos, que una vez estuvieron junto a la puerta parecieron desvanecerse de pronto. Laura, la más joven, abrió una pequeña portezuela situada a la altura de los ojos y examinó el exterior. Hay un joven tirado en el césped, comunicó con inquietud a su compañera Águeda. Vamos a ver qué le ocurre, contestó ésta. No sin recelo franquearon la entrada y, al tiempo que Laura se acercaba al joven, Águeda echó una ojeada al descampado que rodeaba el edificio, viendo entonces cómo un coche se alejaba en la oscuridad con las luces apagadas. No sé por qué hacemos esto, cualquier día nos llevamos un disgusto, protestó Águeda acercándose a su compañera.
-Son unos cabrones, unos cabrones, -mascullaba con voz fangosa el joven, al tiempo que intentaba incorporarse, cosa que no consiguió debido al lamentable cuadro etílico que presentaba.
Entre las dos y con gran esfuerzo introdujeron el metro ochenta y los setenta y cinco kilos de embriagada lozanía en el interior y los recostaron en un banco.
-¿Has visto esa cara? -inquirió atónita Laura.
-Vaya monstruosidad -sustantivó Águeda echando el cerrojo a la entrada- Aunque tiene un cuerpo que quita el hipo -concluyó. -¡Me han robado esos hijos de puta! -clamaba turbiamente el beodo Badián.
6 - Así están las cosas...
-¿Recuerdas algo más?
Badián volvió a negar con la cabeza.
-Bien. En todo caso, y sea lo que fuese lo que te ocurrió, que para el caso nos da igual, puedes dar gracias de que te trajeran aquí. Estabas muy mal, chico. Por otra parte te recordaré que ayer lo pasaste en cama y no comiste nada. Por la noche te dejaste ver por la sala del televisor y te administramos un somnífero para que descansaras sin sobresaltos. Toma, esto es tuyo.
La doctora Bermejo le acercó a Badián su carnet de identidad y le informó tras ello de qué tipo de centro era aquel y de que necesitaba su permiso por escrito para iniciar un tratamiento de desintoxicación, si es que ese era finalmente su propósito.
-¿Quieres que nos pongamos en contacto con algún familiar?
Badián rechazó con rápidos movimientos de cabeza.
-¿¡Y mi dinero!?, ¿¡y mi maleta!?, ¿¡y mi móvil!? –las preguntas reventaron de pronto en el aire apacible de la habitación, como si un globo de miedo hubiera estallado en el interior de Badián.
-Te hemos dado todo lo que había en tu poder cuando te recogimos. El carnet y la ropa. No tenías más. Así que ahora piénsate tranquilo lo que te he dicho. Aquí dejo el formulario.
7 - Hacia el comedor...
Badián Parra siempre se había visto a sí mismo como un desatino de la naturaleza, un renglón bien retorcido, una pifia divina. Y probablemente lo fuera. Al menos en lo tocante al aspecto físico de su rostro, como ya hemos podido comprobar, y también a una mente, digamos, algo particular, quizás insólita, desarrollada con enraizada y tenaz naturalidad junto a ese revés de su fisonomía.
Pero a pesar de ello, o precisamente por ello, cuando sus instintos oscuros y destructivos se lo permitían, o si acaso su nemotécnica terapia funcionaba, se mostraba definitivamente determinado a sacarle la mayor ganancia a su existencia. A no malograr el más mínimo asidero que ésta le brindara.
Y para ello Badián se atenía a los patrones clásicos, y así, la conjunción de las tres palabras mágicas conformaría por siempre la omnipresente finalidad de su incógnito porvenir.
Esta era pues su elemental filosofía de la vida a sus recién cumplidos dieciocho años, que él mismo definiría en las posteriores sesiones con la doctora Bermejo como un cúmulo de irregularidades, contradicciones e inconsecuencias existenciales, salpicadas de instantes gloriosos envueltos en ciertas aproximaciones a la belleza y a los gozos efímeros, todo ello anidando junto a unos padres igualmente irregulares, contradictorios e inconsecuentes, irrigados ellos con memorable tesón en procurar a su único vástago soplos de ternura, tolerancia y comprensión.
El acontecimiento de la mayoría de edad le había permitido tres días atrás abandonar felizmente, como ya vimos, la casa de sus progenitores en Barcelona, con la intención insensata de encontrarse, en la otra punta del país, con su amigo Cúter, quien le había hablado de una azarosa posibilidad de trabajo.
Resulta obvio que la puesta en práctica de los planes de Badián había comenzado con mal pie. Y que lo único cierto y tangible de aquellas oscuras peripecias (que aún él mismo no alcanzaba a explicarse, pues nunca antes se le fueron la mano y la cabeza de tal manera) era su estancia en la especie de hospicio o clínica benéfica que ahora lo acogía.
Y, no menos cierto y tangible era también, que en este pequeño e inquietante cosmos lo creían un enfermo, que él desde luego pensaba no ser.
Mas necesitaba ganar tiempo. Lo había perdido todo. No tenía dinero, sitio a dónde ir, nadie a quién llamar.
Así pues, recogió decidido aquel documento que descansaba sobre el lecho y le estampó la firma y rúbrica que autorizaban a la doctora Bermejo a iniciar con él aquel tratamiento de desintoxicación.
El horario de comidas lo leyó Badián en un viejo papel fijado a la puerta de la habitación con dos tiras de papel adherente. Hacía dos días que no probaba bocado.
Desayuno a las ocho, almuerzo a las dos y cena a las diez, leyó para sí.
Todas tenían lugar en una sala de la planta baja, guarnecida de frigorífico, un mueble antiguo con vasos, platos y cubiertos, una pequeña mesa donde se servía a cada cual la pitanza y otras dos más grandes con sillas para diez personas.
Cuando apareció Badián a eso de las dos y algo ya todos los comensales se hallaban sentados a la mesa y almorzaban animadamente.
8 - Falta de melanina.
Una de las mesas se hallaba completa y en ella observó a Rubí, riendo y devorando a un tiempo. En la otra, con dos sillas libres, era el Tasca quien llevaba la voz cantante.
Badián se acercó a la mesita en la que la enfermera aséptica esperaba junto a una gran olla y una fuente de ensalada.
-Coja su plato y cubiertos –indicó, fijando su mirada en el mueble de madera.
Badián fue allí y regresó con un plato hondo, cuchara y cuchillo, y los colocó sobre la mesita.
La enfermera aséptica, a la que Badián –observándola ahora con mayor detenimiento- achacó cierta falta de melanina, le sirvió entonces en el plato dos cazos de puchero y le inquirió si tomaría ensalada. Badián contestó que no y se acercó con su plato y cubiertos a la mesa del Tasca, que le había hecho un gesto para ello anteriormente.
Allí comió con apetito y pudo escuchar a unos y a otros. Sobre él mismo no tuvo por qué preocuparse, ya que, aparte las bromas del Tasca sobre su bella cara, nadie estaba interesado en inmiscuirse en la privacidad de los demás, a no ser que uno mismo quisiera hacerlos partícipes de ella. Era una especie de ley no escrita, aunque como comprobaría Badián al momento, casi todos acababan confiando sus cuitas a los otros, se podría decir poco más o menos que por pura necesidad.
Así pudo hacerse una idea, que se iría completando en días sucesivos, acerca de los tres compañeros de mesa.
9 - Zoe
-Aquí estarás como un rey, chaval –fueron las palabras con que el Tasca recibió a Badián.
-No tengas miedo de estos cabrones. Son todos unos jodidos enganchaos. Pero son buena gente, ya verás. Tú estate tranquilo. Además, este lugar es como una cáp-su-la –subrayó el Tasca, según costumbre, las sílabas de su palabra importante.
-Cuando estés fuera nada de esto habrá pasado. Nada. Esta jodida mierda no importa un carajo. Lo que importa está fuera… pero, bah, qué cojones... Te presentaré a estos dos.
A su lado se sentaba Zoe -¿no era ese un nombre de mujer?, se preguntó Badián- un joven que combinaba en su porte el cuero de los roquers con la cabeza rapada de los skins, lo que producía de entrada un efecto algo turbador. Soy de Granada, indicó mientras mojaba un trozo de pan en el caldo de su plato. Lucía unos pequeños aretes en la nariz, unas orejas ribeteadas de piezas metálicas y mostraba con orgullo unos poderosos brazos tatuados con motivos satánicos. Tendría unos veinticinco años y su gran afición eran los juegos de magia, según confesó de inmediato a Badián. También le describió con desparpajo y gran detalle el quiosco de tabaco y chucherías que manejaba en su barrio, y que se había convertido en centro neurálgico de camellos y enganchados, lo que le facilitaba enormemente su acceso al polvo blanco, aseguraba.
-De calidad, ¿sabes?, que yo no me meto cualquier cosa… -apuntó, pasando la servilleta de papel sobre sus labios.
Era Zoe un hablador empedernido y ello lo llevaba a contradecirse varias veces a lo largo de una misma conversación, como comprobaría Badián más adelante.
Tras haberle presentado al joven granadino el Tasca hizo lo propio con don Jenaro, sentado justo frente a Badián.
10 - El ángel de la guarda
Todos llamaban así a este abogado de unos cincuenta años, de semblante serio y aspecto impoluto, que lo había sido de renombre hasta que su afición excesiva a las mujeres y a las copas comenzó a ser conocida por todo Sevilla, incluidos sus afamados clientes.
Ahora pasaba temporadas en la clínica, y, cuando regresaba al mundo exterior, regentaba junto a su nueva compañera -pues el escándalo lo había conducido sin remedio a un tortuoso divorcio- un local de alterne al que llevaba también los asuntos administrativos.
-Un placer –dijo don Jenaro, acercando una mano extendida a Badián, que la estrechó con fuerza- Espero sea de su agrado la estancia en nuestro hogar –concluyó, amable desde su impecable traje, esbozando una leve sonrisa.
-¡Pásame la sal! –resonó entonces la voz rota del Tasca, que presidía la mesa.
Curiosamente era el Tasca uno de los más comedidos al hablar de sí mismo, y cuando lo hacía era difícil discernir entre lo real y lo fantástico.
De él se decía –según oiría Badián más adelante- que se había pasado cinco años sin probar una gota de alcohol, y que había recaído brutalmente hacía unos seis meses, por un turbio asunto de faldas.
Al coger el tarrito de la sal vio Badián, llegando desde la otra mesa, a la enfermera escasa en melanina, que traía en sus manos unos vasitos de plástico con el nombre de cada paciente escrito en él. El suyo aún permanecía innominado, observó. Cuando la enfermera lo colocó en la mesa delante de él pudo ver que dentro albergaba tres pastillas.
-¿Qué es esto? –preguntó sin pensarlo.
-Tómalas –dijo secamente la enfermera, regresando a la mesa de la intendencia.
-Déjame ver –terció el Tasca, echando un vistazo a las pastillas destinadas a Badián.
-La blanca pequeñita es para los nervios, para el mono, ¿sabes?, esa de dos colores hará que no te me pongas triste, y la más gorda es para que no se te ocurra beber ni una gota, guapo –explicó, soltando tras sus palabras una tremenda y agrietada carcajada.
Badián no supo qué hacer al pronto, y prosiguió su almuerzo como si nada. Pero apenas tardaría segundos en decidir simular que tomaba aquellas pastillas, sin hacerlo.
Creyó sin dudas que era lo más conveniente, pues en realidad no las necesitaba. Pensó entonces mantenerlas bajo la lengua, y deshacerse de ellas discretamente en cuanto hubiese ocasión.
Hizo lo primero sin dificultad, pero un inesperado y seco golpe del Tasca en pleno centro de su espalda -mientras con su otra gran mano rugosa le taponaba la boca- consiguió que las pastillas se encaminaran sin remedio hacia su estómago.
-¡Venga, cabrón, que a mí no me la das, joder! ¡Aquí voy a ser yo tu angelito de la guarda, bellezón! ¡Tú aquí te curas! ¡Por mis muertos! –exclamó aquel, realizando al tiempo un sonoro gesto de juramento.
Badián quedó perplejo, con el rostro demudado, clavando sus ojos con una mezcla de ira y temor en los del Tasca.
-Ya se te pasará. Anda, termínate eso –dijo éste, levantándose de la mesa.
Badián permaneció entonces en silencio y, durante unos instantes, se mantuvo quedo, como ido.
Al fin terminó con prisas su ración y, tal como vio hacer a los demás, echó las sobras en un cubo, puso el plato y los cubiertos en el interior de una palangana que estaba sobre el mueble, y de una fuente con frutas cogió una manzana.
Salió de allí mordisqueando, dispuesto a olvidar el incidente de las pastillas y a dar un paseo esclarecedor por el edificio.
PRIMER PASO: El viaje de Badián (Entregas 1-10)
entry-content'>Entregas 11, 12, 13. 14, 15
entry-content'>En su excursión se topó en principio con las oficinas del centro, también en la planta baja.
Tras una cristalera con una ventanilla cerrada –en la que un pequeño cartelito informaba que el horario de oficina era de nueve a tres- dos señoritas administrativas con aspecto de señoritas administrativas tecleaban absortas frente a sus pantallas de ordenador.
Tras ellas se abría una puerta con la palabra dirección escrita en mayúsculas sobre el dintel. Allí vio a la doctora Bermejo conversando plácidamente con un señor mayor de pelo cano con apariencia de buen hombre, que probablemente fuese el director de todo aquello, aventuró Badián.
A la oficina se accedía por una puerta lateral, que permanecía cerrada. Al ver aquellos ordenadores Badián maldijo el hecho de no saberse de memoria el correo electrónico de su amigo Cúter. Ni el de ninguna otra persona, por otra parte. Toda la información cibernética y telefónica de que disponía la había perdido en el interior de su móvil.
En todo caso, pensó, tecleando ciertas palabras en el buscador podría comprobar si quizás tuviese suerte y pudiera conseguir alguna averiguación que le fuese útil. El problema, se dijo, era cómo llegar hasta aquellas endiabladas máquinas.
Enmarañado en estos pensamientos sus pasos lo habían llevado azarosamente hacia una puerta en la que en un desvencijado cartelito podía leerse: Bib..oteca.
No podríamos decir que Badián fuese un gran lector, como tampoco había sido un ilustre estudiante. Sacó el bachillerato a pelo y más que nada por aliviar y dar paz a los viejos. Sus lecturas fueron en su mayor parte apremiadas y los restos un poco a salto de mata, sin disciplina ni orden alguno. Sin embargo, como ya vimos, sí sentía cierta y sorprendente fijación con los poemas de Ángel González y Benedetti, así como con los cien años de García Márquez, algunos de cuyos versos y pasajes le habían sabido tocar las vísceras.
La puerta se hallaba entreabierta y Badián sólo necesitó empujarla para pasar dentro. Era una habitación rectangular, que desprendía un tibio olor a libro concentrado, quizá más amplia de lo que había imaginado, con sus cuatro paredes cubiertas de estanterías repletas de textos que ascendían hasta el mismo techo. Mucho libro para un lugar como este, pensó Badián con extrañeza. En el centro una gran mesa de madera, alargada y rodeada de sillas, ocupaba casi todo el espacio, dejando a sus lados estrechos pasillos por los que moverse.
Al fondo de la sala pudo ver una pequeña mesita organizada a modo de oficina, y sentada junto a ella -para su tremendo espanto- se hallaba Madame Clora.
12 - Conversación en la biblioteca (I)
La enfermera-jefe apartó su mirada de las páginas couché que permanecían abiertas sobre la mesa, abandonó los lentes y posó sus ojos altivos en Badián, que se mantenía cual efigie a la entrada de la habitación, petrificado ante aquella concluyente realidad que le caía encima.
-Vamos, acércate –emitió la voz castrense de la enfermera, cuyo inflamado rostro parecía ahora suavizar su habitual gesto desdeñoso.
Badián comenzó a andar hacia ella de manera insalvable, como si alguna misteriosa energía lo impulsara a ello, empujado por un género de horizontal atracción gravitatoria.
Cuando estuvo junto a la corpulenta mujer, ella cruzó lentamente sus brazos robustos, lo examinó con detalle y parsimonia de inspectora, fijó su mirada en los alarmados ojos de Badián y, para mayor perplejidad de éste, explotó en unas sonoras carcajadas que retumbaron como truenos entre las paredes de la biblioteca.
-¡Míralo!, si podrías ser mi hijo…–exclamó al cabo, secándose con el dorso de la mano las lágrimas de las risas.
Badián se sintió en ese instante tan inmensamente desvalido como una extraviada criatura en el infinito del cosmos. Cual cucaracha pisoteada, pensó, y se vio a sí mismo a punto de desintegrarse ante aquel ser colosal que lo avergonzaba dolorosamente al apuntar la potencial maternidad, y el evidente y sonrojante equívoco que con ello evocaba.
Confirmó así una vez más su cristalina fragilidad y hubo de hacer notables esfuerzos para no echarse a llorar sin consuelo allí mismo, a lágrima tendida, frente a aquella mujer desorbitada.
-…y las madres no se acuestan con sus hijos para según qué cosas –concluyó Madame Clora, ahora con un suave tono de reproche en su voz.
Badián reaccionó ante la inesperada y bochornosa situación poniendo en marcha casi inconscientemente su particular terapia repetitiva, convirtiendo sus pensamientos en circuito cerrado de voces, de ecos envolventes, de palabras que bailaban en círculos sin fin, y que, irremediablemente, terminaron por abrirse camino al exterior.
-…este miedo difuso, esta ira repentina,
estas imprevisibles y verdaderas ganas de llorar… este miedo difuso, esta ira repentina…
-Pero ¿qué leches hablas chico? ¡Calla ya!–cortó Madame Clora aquella incomprensible letanía de palabras, uniendo a su grito imperativo un estrepitoso manotazo sobre la mesa.
-¡No sé qué cosa te pasará a ti, chico, pero desde luego no es aquí donde se cura lo tuyo!
Madame Clora se había puesto en pie y ahora daba pasos lentos alrededor de Badián, como inspeccionándolo de nuevo, al tiempo que le hablaba en tono elevado.
-Son diez años ya viendo pasar todo tipo de gentes por este lugar, ¿sabes? Toda clase de personajes han entrado y salido de aquí, y han vuelto a entrar y a salir, y a entrar y a salir, y así… ¡qué sé yo, muchacho!, ¡lo que no habrán visto estos ojos que dios ha de llevarse! Jovenzuelos como tú, viejos chocheando que no podían ni con sus arrugas, putas de todos los colores, señoronas más putas que éstas, y buenas mujeres también, claro, y hombres, ricos, pobres, y maestros, y abogados, y camioneros, y políticos, y barrenderos, y hasta un chino que nos llegó una vez, aunque ese no volvió nunca más, y mancos, y tuertos, y maricones, y muertos de hambre, y señoritingos… yo qué sé, de todo, ¿sabes? Y te digo una cosa, chico, tú no eres uno de ellos. ¡Ni hablar del peluquín! Si lo sabré yo. Yo a ellos se los veo en la cara. Se los leo en la mirada. Los huelo al lejos. Lo llevan escrito, ¿sabes? … Y tú no, chico. Tú sólo estás asustado, y no sabes qué hacer…
La estupefacción de Badián ante aquel contundente y acertado diagnóstico ejerció sobre él, paradójicamente, un efecto balsámico. Le invadió una cálida sensación de sosiego al saberse reconocido, desenmascarado por aquella mujer que en minutos había pasado de ser una depravada amenaza sexual a convertirse en posible y cordial cómplice en aquel absurdo lugar.
-Tengo que salir de aquí… –balbuceó Badián, cuya opacidad para comunicarse con los demás, ese muro de cristal que lo separaba tortuosamente del mundo exterior, parecían deshacerse ahora milagrosa y repentinamente ante aquella inesperada compañera.
-¿Para qué diablos firmaste entonces los papeles?
-No tengo dinero, ni tengo a dónde ir…
-Ya. Pues cinco días aquí no te los quita ni dios. Es lo menos que tardan con el suero. Y hasta entonces no te permitirán poner un pie en la calle.
13 - Conversación en la biblioteca (II)
-Necesitaría buscar algo en el ordenador…
-¡Ja! Ni me mires. ¿Sabes?, ¿no te he dicho antes que llevo aquí diez años trabajando?, pues ahora, y óyeme bien clarito, chico, te digo que quiero llevarme otros diez años más, ¿sabes?, y jubilarme en paz. Y no me pidas cosas que ni puedo, ni debo ni voy a hacer, ni por ti ni por nadie, chico. ¡Faltaría más! Olvídate. ¿Sabes?, la vida no es fácil, tengo un exmarido que es un cabrón, lo tengo bien alejado por el juez, pero sigue siendo un gran cabrón de carne y hueso que anda suelto por esas calles de dios, y además, y te lo digo bien clarito, que por su bien y por el mío que no se me acerque –prosiguió Madame Clora santiguándose con rapidez un par de veces- porque te juro que a ese cerdo hijoputa lo mato yo con mis propias manos antes que me ponga él una suya encima, aunque me busque la ruina, aunque me la pase podrida en una apestosa cárcel el resto de mis días, ¿sabes?... y una hija tengo también… qué te crees tú… con treinta y dos años… pero esa… bueno… así que en casa, y entérate bien, en mi casa no entra más que lo que me pagan aquí, ni un céntimo más… ¿sabes? y no lo voy a arriesgar todo por un niñato asustado con cara de chatarra… así que apáñate… por aquí cerca hay unos billares… ¿sabes?, y también tienen ordenadores de esos… tendrás que esperar…
Tras estas palabras Madame Clora volvió a sentarse.
Parecía otra mujer. Los demonios interiores, exorcizados con sus palabras, fluían ahora silenciosos por el sudor de las sienes, por el cansancio y paz que impregnaban a un tiempo la expresión de su rostro, por la mirada enrojecida, por las gotitas casi imperceptibles que humedecían sus lagrimales.
Miró el reloj de pulsera en su muñeca y, como aterrizando de nuevo en la realidad urgente, se alzó y comenzó a recoger las cosas de la mesa.
-Y ahora lárgate. Voy a cerrar, chico –emitió, recuperando la voz de mando y su expresión altiva.
Badián, que había asistido sobrecogido a las palabras de Madame, dio media vuelta y caminó hacia la puerta de salida.
-¿Cómo es que está usted en la biblioteca? –preguntó al pronto, volviendo la cabeza, con el pomo asido ya por su mano.
-Yo mando mucho aquí.
-¿Le gusta leer?
-Lo que me gusta es el silencio.
-Ah… –musitó Badián, esbozando una leve sonrisa y elevando una mano hacia la enfermera.
-Hala, hasta luego.
Deambulando de nuevo por los pasillos algo oscuros de la clínica la mente de Badián, siempre imparable y caótica, bullía ahora cual marmita en la que las interrogantes borbotearan perturbadoras y díscolas.
¿Qué había llevado a la doctora Bermejo a pensar que era él un enfermo? ¿Cómo no había detectado que lo suyo no pasaba de ser una mentecata y temeraria cogorza? ¿Por qué incluso el Tasca lo creía también, hasta el extremo de sentirse obligado a ser su ángel guardián? ¿Qué estaba ocurriendo para que erraran ellos el dictamen y no Madame Clora? Y, por otra parte, ¿qué hacía una biblioteca como aquella en semejante lugar, en el que ni siquiera se preocupaban por conservar el letrero de la misma? Y -y esto sí que lo martirizaba- ¿qué diablos había hecho él para verse envuelto en aquel laberinto de pesadilla, en aquella cápsula de locos?
Atribulado por tales cuestiones subió maquinalmente las escaleras que llevaban hacia la segunda planta y se dirigió por puro automatismo hacia la habitación número diez. Al entrar, al contrario que la pasada noche, se alegró de no compartir ésta con nadie.
Se descalzó y sin más se tumbó en la cama boca arriba, cerrando los ojos. Ubicado en la penumbra de la ceguera peleó con ahínco por desembarazarse de los enigmas que le sobrevolaban, de los miedos acechantes, de los lados oscuros que se abatían como depredadores insaciables sobre él, y dirigió sus pensamientos hacia lo que más podía reconfortarlo en aquel lugar, la imagen de la deslumbrante Rubí, la bella Rubí… y se dejó llevar por el recuerdo de sus faldas mínimas mecidas por el baile, por la evocación de los explosivos senos a punto de estallar bajo sus prendas… vaya, no he cogido ningún libro, recordó por un instante, sin emoción alguna… por la nostalgia temprana de aquella danza de giros generosos, por el regalo de los negros cabellos, por la memoria de la desnuda piel de sus hombros, por aquella voz de niña traviesa, ¿cómo te llamas?, sus risas desvergonzadas … su cante destemplado… y al compás de mi guitarra canto alegre este huapango, porque la vida la vida la vida es… un contratiempo…
14 - Juegos de magia (I)
La sala de la anterior noche, los anodinos cuadros, aquella amplitud insulsa.
En el televisor voceaban y se escupían vísceras los personajes catódicos, cuyo estrépito servía ahora como simple rumor de fondo, pues todos en la habitación se arremolinaban, ignorando y dando la espalda al necio artefacto, alrededor del viejo sofá de escay, envolviendo y prestando su completa atención a algo, o a alguien.
Badián recién llegaba desde su habitación y aún hacía esfuerzos por salir de los laberintos oníricos en los que se había perdido durante unas cuatro horas.
Restregándose los ojos para hacerse a la luz de la realidad, lo primero a que se enfrentaron éstos de forma muy precisa fue al espectáculo demoledor de las piernas de Rubí, vistas por atrás, lo que le supuso, de forma inquietantemente circular, como regresar a los delirios del sueño.
Arremolinada como se hallaba también ella hacia el ajado sofá, asomada levemente hacia adelante, sus breves faldas mostraban exactamente al límite el fin de sus muslos y Badián se sintió ante tal visión del todo vital, fresco y despejado, y al tiempo, sumido prodigiosamente en el bucle de sus quiméricas e íntimas ensoñaciones.
Se acercó entonces al semicircular grupo y, situándose junto a las veneradas y evocadas extremidades, pudo ver la cabeza rapada de Zoe, sentado con desparpajo en el desvencijado sofá, con un cigarrillo apagado en una mano y una sonrisa esplendorosa en su rostro.
Se disponía a realizar un juego de magia.
Antes de nada pidió a Rubí que sellase con su carmín la boquilla de aquel cigarro, cosa que ella aprovechó para marcarse una divertida imitación de los gestos faciales de Marilyn, al tiempo que entonaba los compases del happy birthday, recibido todo ello con el previsible entusiasmo de la concurrencia.
Apremiada por el mago impaciente la Monroe le devolvió el pitillo marcado.
Un inspirado Zoe, cuyas figuras satánicas parecían danzar levemente por sus brazos, al compás de músculos y tendones, introdujo entonces, ante el creciente asombro de todos, el cigarrillo ducados por su ribeteada oreja derecha, lentamente, hasta hacerlo desaparecer en su interior.
Abrió cuan grandes eran ambas manos mostrando el vacío en ellas y, a continuación, extrajo con igual lentitud del orificio izquierdo de su nariz de aretes dorados aquel mismo cigarro con los labios impresos de Rubí.
A un silencio sepulcral prosiguió la explosión sonora y el estrépito de unos aplausos compactos, acompañados de vítores y silbidos varios.
Badián, aunque atento a todo el espectáculo, permanecía trabado en una especie de trance hipnótico, absorbido por los aromas que fluían etéreos de los cabellos de Rubí, a la que casi rozaba.
15 - Juegos de magia (II)
Frente a Badián y sus extravíos, un exultante Zoe se dirigía de nuevo a la bella solicitando un pañuelo, que Rubí extrajo con fenomenal y pausada ceremonia desde los insondables misterios de su bolso rojo, a juego con el carmín.
Al fin le alcanzó un ligero lienzo celeste, que Zoe enarboló cual bandera cuasi victoriosa e hizo revolotear frente a su seducido público, hasta que pasó a introducir un extremo del mismo en la pequeña abertura que había formado cerrando su mano izquierda.
Con su índice derecho fue hundiendo la breve tela poco a poco en el hueco de la mano, hasta hacerla desaparecer por completo en el interior del puño.
Con éste cerrado y mostrándolo rotundo a la vista de todos, Zoe exhibió una gran mueca de alegría antes de abrirlo y ostentar con definitivo orgullo la nada en su interior.
Desde los fascinados rostros arreciaron de nuevo los aplausos entregados y el joven roquer granadino se puso en pie realizando caricaturescas reverencias a su ya rendido auditorio.
Entonces, en el mismo instante en que la propia Rubí, con Badián imantado a su aromática aureola, lo premiaba encantada con dos sonoros besos en las mejillas se escuchó como un trueno la voz cascada del Tasca.
-¡Lo tienes en la derecha, mamón! -gritó, al tiempo que se abalanzaba sobre Zoe y le hacía abrir la mano impostora, que, para su gran estupor, también se hallaba ocupada por el vacío.
-¡Yo lo he visto, mierda! ¡He visto que lo guardabas en esta mano, cabrón! -continuó desatado el Tasca, que no alcanzaba a comprender nada pero tampoco estaba dispuesto lo más mínimo a dejarse engañar por aquel pelanas y aún menos a quedar en ridículo ante los demás.
Fue por ello que a las bravas introdujo su propia garra huesuda en uno de los bolsillos del vaquero de Zoe e inició una desesperada búsqueda del desvanecido pañuelo, hurgando con rabia en el misterio.
La escena podría parecer cómica y, en cierto sentido, hasta podríamos verle un ramalazo erótico, sino fuera porque Zoe, nada más sentir aquella zarpa rebuscando entre sus partes, rozándolas con obsceno descaro, alzó el brazo derecho y estampó sin pensarlo el mágico puño sobre los mismos bigotes del Tasca, que cayó en redondo sobre el suelo.
El alboroto que se formó fue tremendo, con voces de alarma, alaridos, llantos, y un Badián que, inmerso en aquel morrocotudo revuelo, pudo ver, por entre los efluvios de los cabellos de Rubí, cómo con asombrosa celeridad se abría en par la puerta de entrada y aparecía cual ciclón Madame Clora en la sala.
Tras dar un solo y rotundo grito instándoles a que permanecieran quietos y callados se hizo en un santiamén, categórica, con la peliaguda y por momentos caótica situación.
Y todo ser vivo en la habitación quedó efectivamente como detenido en el tiempo, acallada la tropa por aquella presencia arrolladora.
Sólo los gemidos lastimeros del Tasca rompían el silencio espeso que se había instalado en la estancia.